Los “huelecalzones” son una minoría de “olfatistas” que se comunican en grupos cerrados de las redes sociales. Eduardo Dina explora para Perro Crónico el fetiche de quienes encuentran excitación en oler tangas recién desechadas, boxers robados o pantaletas de la vecina, un negocio prometedor en el que los fluidos corporales incrementan el precio de las prendas.

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Documentación: Eduardo Dina

Los hay de todos olores, colores y sabores. Son chicos, medianos y grandes. Caros y baratos; Calvin Klein, Vicky Form y de tianguis. Al cliente lo que pida: usados, sudados y apestosos.

Se ofrecen tangas de esposas, trusas recién desechadas, boxers robados del gym o pantaletas de la vecina. El algodón, la lycra y el encaje son las telas más populares. Pueden incluir sorpresa o dedicatoria. Van calados, manchados y garantizados.

Oler cada bikini, cachetero o calzón de abuelita que uno se encuentra a su paso es algo excitante para más de uno (y de una).

Carlos tiene un fetiche por la ropa interior usada. Está en un grupo cerrado de Facebook donde se venden, compran, regalan e intercambian prendas íntimas. Los integrantes comparten su amor por lo sucio: practican la misofilia: “Quién para intercambiar calzones usados con manchas de pis, raja de canela y muchos pedos?”, reza una publicación del grupo.

Por lo regular, Carlos ofrece sus boxers, suspensorios o calzones a cambio de tangas de “cabrón culón”. Los clientes suelen pedirle que incluya manchas de semen y orina, pero, con estos fluidos, el precio se eleva.

“No era algo especial, finalmente era sudor mezclado con un poco de algo más que no identificaba en ese entonces, pero era un aroma diferente al mío y eso me sedujo”.

El placer de Carlos por la ropa sucia de otras personas surgió mientras hacía compras por Internet. Recuerda que encontró el anuncio de un hombre de 38 años.

“La prenda se veía sexy y el precio era accesible, pero en la publicación decía que la enviaba sin lavar porque iba a salir y no le daba tiempo de lavarla”.

Carlos no le dio importancia y pidió la prenda.

“Cuando la abrí, sentí curiosidad por olerla, por saber cómo podría oler otro hombre como yo. Y, para mi sorpresa, me gustó el olor. No era algo especial, finalmente era sudor mezclado con un poco de algo más que no identificaba en ese entonces, pero era un aroma diferente al mío y eso me sedujo”.

Carlos tenía frente a él una prenda “de buen ver y a bajo costo”. Sin pensarlo se la puso.
“Sentí que ese extraño de pronto ya era parte de mí y me dispuse a disfrutarlo. En ese momento supe que había nacido algo especial y quería más”.

En un principio, la idea de ponerse algo usado era grotesca y le provocaba rechazo. En su familia le inculcaron el respeto por la higiene, el pudor y la privacidad, pero olfatear la ropa interior sucia de los demás le resulta hoy una sensación placentera.

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Documentación: Eduardo Dina

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Desde la sexología, explica el especialista César Pérez García, estas manifestaciones se llaman “expresiones comportamentales”, y se manifiestan de formas eróticas o no eróticas en diferentes fases.

La ciencia explica que el cuerpo secreta sustancias atractivas para el sentido del olfato, que viajan al cerebro y provocan excitación. Es un proceso donde se incluyen feromonas, testosterona, estrógeno y demás elementos. Es el perfume natural. Del lado erótico, en una fase mínima, por lo menos una vez en la vida, hemos percibido un olor que nos ha causado excitación, refiere el sexólogo.  Y en la fase “exclusiva”, el sujeto busca expresiones como los olores para poder excitarse. El estímulo sexual efectivo es único en cada persona y depende de cuestiones externas, de lo que se ve, se huele, se escucha, se toca y a veces de lo que se prueba.

En redes sociales, en los grupos privados de misofílicos y rinofílicos, los usuarios narran casos en los que se roban las prendas de los tendederos de los vecinos para excitarse. El sexólogo dice que esto puede darse porque sus parejas se vuelven rutinarias y sienten atracción por lo desconocido. Las condiciones internas que cada individuo tiene en la mente determinan a qué nivel le va a entrar y va a tener su encuentro erótico.

“A algunas de estas personas, desafortunadamente lo que les hace falta es una buena relación social. Por un lado, está enjuiciado que esto está mal, es pecado, es delito. Las personas que pueden hacer esto tienen poca habilidad social; no tienen la habilidad de decir: ‘oye, me gustas’, ‘quiero salir contigo’, ‘vamos a ser amigos si quieres’. Entonces, la única manera de satisfacer su vida sexual, aparte de la masturbación, es tocando, robando y excitándose con estas prendas”, considera el sexólogo clínico y educativo.

“No se puede pensar claramente, son momentos muy tuyos para fantasear y salir a la calle usando esas prendas”.

Consciente de que son “prácticas hediondas”, Carlos dice que es precavido. La ropa usada y sucia que recibe de otras personas no la mezcla con la suya y la guarda en lugares separados. Se la pone antes de bañarse y la desinfecta si la quiere usar de forma habitual.

“Los olores de cada persona son muy diferentes; el corazón late más rápido. Esos primeros instantes de contacto con la prenda son embriagantes. No se puede pensar claramente, son momentos muy tuyos para fantasear y salir a la calle usando esas prendas”.

A medida que pasa el tiempo y la prenda empieza a mezclarse con el propio olor, deja de ser tan intensa la sensación: “Ahí es cuando decido volver a cambiar, ya sea la misma prenda u otra mía”.

En un intercambio de prendas, Carlos recibió la tanga de un stripper y, desde entonces, es el tipo de ropa interior que más disfruta obtener.

La química del amor se enciende en cada rasca y huele. Eso lo sabe un policía que siempre carga en la bolsa del pantalón la ropa interior de su esposa. “Se monea” con el olor de ella, especialmente después de reglar, dice.

La ropa interior también se presume colgada del espejo retrovisor del automóvil, como amuleto de la buena suerte.

En estos grupos, se dan consejos de amarres para el amor: “Coloca tu panty sobre una superficie horizontal. Sobre ella el calzón de tu pareja y sobre este, el papel con los nombres impresos. Espolvorea canela en polvo y el azúcar o granitos de colores sobre ellos. Enrolla las prendas formando un tubo… convoca a las fuerzas del universo… deja que las velas se extingan… y guarda las prendas bajo tu cama por siete noches”.

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Eduardo Dina

El negocio de hoy es vender tangas usadas. Grupos de mujeres empresarias agregan a la lista brasieres, medias y sábanas.

La compra-venta de ropa íntima fue recientemente popularizada en televisión. En la serie “Orange is the new black”, una interna pide a sus compañeras presas sus calzones porque empieza un negocio de venta de bragas apestosas a pervertidos.

Las necesita con sudor vaginal y alguna secreción incolora.

“Cuando esos hombres huelan sus bragas, estarán oliendo su carácter. Que huelan osadía y coraje. Que huelan a mujeres que son desenfadadas y desinhibidas… Hermanas, puede que estemos encarceladas, pero nuestras bragas viajarán por el mundo y de esa manera, mucho después de que hayamos partido, nuestro olor perdurará en alguna gasolinera de Toronto, en algún cubículo de oficina en Tokio, y de esa forma nos conocerán y de esa forma nos recordarán.

“¿Ustedes quieren que las recuerden? Entonces suden profusamente y pedorréense con desenfreno y apesten. Apesten, hermanas. ¡Que el hedor dure mil años!”.

Las personas que realizan esta práctica podrían llegar a contraer impetigo, impetigo ampolloso, foliculitis, furunculosis o escabiosis, esta última producida por un ácaro que puede sobrevivir muchas horas en una prenda, señala el dermatólogo Marco Antonio Navarro. Enfermedades de transmisión sexual “clásicas” como gonorrea o sífilis es muy difícil que se adquieran usando prendas interiores usadas, dice, pues para esto se requiere contacto íntimo. En general, es una práctica de bajo riesgo.

La tanga de Tania tenía sudor de 24 horas y costaba 250 pesos. El bussiness estaba hecho.

“Buru” significa “ropa interior femenina” en japonés y “sera” quiere decir vendedor. Las buruseras mexicanas son lindas chicas que ofrecen en Internet sus prendas íntimas con todos sus aromas. Ellas seleccionan cuidadosamente la ropa para ofrecer calidad y confianza. La entrega puede concretarse en alguna estación del Metro, en un centro comercial o en un parque.

“Chica Virgo” tiene 25 años y vende su cachetero color verde agua en 250 pesos. Es talla grande, lo usó nada más una vez y tiene todos sus “juguitos ricos”. Su brasier color mamey de encaje lo vende en 350.

“La guardé en un paquetito hermético para que conserve todo mi olor, especial para ti, me encanta saber que la disfrutarás y jugarás con ella pensando en mí”.

“Taniatangas” fue contactada a través de Locanto, una página gratuita de anuncios clasificados. Por WhatsApp mandó una foto con cuatro de sus tangas disponibles: una verde fluorescente, una roja y dos negras. El cliente escogió la de los dos moñitos rojos.

La tanga de Tania tenía sudor de 24 horas y costaba 250 pesos. El bussiness estaba hecho.

Se quedó de ver con el comprador un domingo a la una de la tarde, en los torniquetes de la estación del Metro Olímpica, pero ella nunca llegó.

“Taniatangas” se indignó cuando el cliente le preguntó si la transacción era confiable.

“Mira soy seris entrego metro olimpica en los torniquetes mandas una foto para conocerte y me dices que ropa traes puesta llego t doy la bolsa con la prenda m das el dinero y listo”.

El concepto de vender ropa interior usada se remonta a los años 80, con las colegialas japonesas. Incluso, en las calles niponas, hay máquinas expendedoras de calzones usados.

En México y en Japón, el catálogo virtual de prendas usadas muestra el cuerpo real de la vendedora. No tienen medidas 90-60-90. “Los hombres huelen o experimentan de algún modo con las bragas para obtener estimulación sexual como un tipo de fetichismo”.

Además de las buruseras, las namaseras hacen el negocio más excitante. “Nama” significa fresco.

“El concepto es el mismo, pero los artículos aún siguen siendo usados por la mujer, que después se los quita y se los entrega directamente al comprador en el punto de venta”, detalla un grupo cerrado de Facebook.

Como en toda compra-venta existen riesgos.

“Hay que tener cuidado con los raterillos que no envían ni una prenda o se las quedan”, advierte otro grupo.

Carlos lo sabe: es un “huelecalzones”, una minoría de “olfatistas” que se comunican en grupos de las redes sociales. El gozo de Carlos es “muy privado” y por eso lo disfruta en la intimidad. No lo comparte en la vida diaria porque prefiere llevarlo a su ritmo. Lo mantiene oculto.

“No me molesta esconderlo porque respeto que no es algo para todos y tampoco es para andar por la calle en ropa interior hablando del tema”.

Carlos tolera a quienes piensan que hace cosas asquerosas y enfermas, de pervertidos. Él ha aprendido a ser de mente muy abierta y entender que no todos están obligados a tener el mismo gusto.

“Mi caso fue circunstancial y estoy consciente de que son prácticas de poca gente, y simplemente tiene uno que ser cuidadoso”.

Oler trae gratos recuerdos. Y, como dice el dicho, “flor sin olor, le falta lo mejor”.

*Texto desarrollado en la clase Narrativas Periodísticas, de Sergio Rodríguez Blanco, en el marco del Programa Prensa y Democracia, de la Universidad Iberoamericana. Edición: Beatriz de León y Sergio Rodríguez Blanco.

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