Más allá de una técnica de identificación de personas, ¿cuánta importancia tienen nuestras huellas digitales? Cuando su familia decide reemplazar las típicas cerraduras por una versión moderna, Ana Warman trata de encontrar una respuesta.

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Ilustración: Andrea Joseph

Cartera, celular y las llaves de la puerta. Desde que comencé a salir sola de mi casa, recuerdo que estas tres cosas fundamentales debían estar dentro de mi bolsa. Teniendo esos objetos vitales podía ir y hacer lo que quisiera. También recuerdo que cada cierto tiempo metía la mano dentro del bolso para hacer el conteo táctil, de forma automática, de cosas importantes: cartera, celular, llaves. Todo bien.

Las llaves de la casa fueron muchas veces tema de conversación y otras cuantas motivo de peleas. Nunca hubo el mismo número de llaves que de habitantes del hogar ya que siempre se perdía algún par. Esto tenía como consecuencia irremediable que el último en salir de la casa se quedara sin poder volver a entrar a su regreso. Este fenómeno nos convertía en seres dependientes los unos de los otros y teníamos que coordinar nuestros horarios de entrada y de salida para que nadie esperara en la calle durante horas. Repito: era algo con mucha presencia en el hogar.

Esta semana, después de años de resignación frente al ya mencionado problema, se decidió hacer algo al respecto y acudir a la siempre salvadora e innovadora tecnología. Llegaron dos hombres a instalar lectores de huellas digitales en la entrada que reemplazarían a las arcaicas e imprácticas llaves. Uno por uno, los residentes de la casa, pasamos a que nos programaran dentro del nuevo sistema de ingreso. Todo fue un éxito hasta que me tocó a mí.

–Pon tu dedo aquí cuando se apague la luz roja y escuches el beep –me dictaminó uno de los hombres-instala- sensores.

Lo hice.

–No funcionó, a ver otra vez.

Lo hice de nuevo. Tampoco funcionó.

–Mmm qué raro –dijo mientras volteaba a ver al otro hombre-instala-sensores. Lo repetimos una y otra vez, cambiando ciertas cosas para ver si lográbamos algo: tapamos el sol para que no le diera al lector, me mojé el dedo, me sequé el dedo, puse los dedos uno por uno… y nada.

–No, pues es que no tienes marcadas las líneas de la huella digital –me comentó con aire de decepción, finalmente, después de ver la palma de mi mano.

NO PODÍA DEJAR DE PENSAR EN POR QUÉ MIS HUELLAS DIGITALES NO ESTABAN MARCADAS, DE QUÉ DEPENDÍA ESO, Y SI TENDRÍA ALGO QUE VER CON MI DESTINO, COMO CUANDO TE LEEN LAS LÍNEAS DE LA MANO.

Nunca imaginé que alguien me diría eso, o que eso fuera a importar en algún momento de mi vida. Es más, ni yo me había dado cuenta.

Se fueron los hombres-instala- sensores. Llegaron unos nuevos a desinstalar la chapa y el resto del antiguo sistema de entrada/salida. Todos celebraron la novedad de que ya no íbamos a tener llaves y que ese problema, el problema de siempre, había finalmente desaparecido. A mí me dijeron que seguiríamos intentando que me leyera el moderno aparato y que si no funcionaba me podían mandar a hacer una tarjeta que pasaría por el sensor y abriría la puerta. No puse mucha atención ya que no podía dejar de pensar en por qué mis huellas digitales no estaban marcadas, de qué dependía eso, y si tendría algo que ver con mi destino, como cuando te leen las líneas de la mano. Quizá que fui víctima del fenómeno de la tecnología reemplazando lo que puede reemplazar. Quizá que la tarjeta es como las cápsulas de café que “hacen nuestra vida más sencilla”. Quizá que me pasó como a los libros con el Kindle.

Hoy, mi tarjeta ya fue mandada a hacer. Cartera, celular, tarjeta. Todo bien.

Este texto se escribió en la clase de Periodismo Narrativo de la Licenciatura en Comunicación de la Ibero, a cargo de Sergio Rodríguez Blanco.
Edición: Sergio Rodríguez Blanco y Sac-Nicté Guevara Calderón

(Las opiniones expresadas en las columnas son responsabilidad de sus autores y no representan, necesariamente, la línea editorial de Perro Crónico)

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