Daniela Rea, primera ganadora del Premio Breach / Valdez de Periodismo, reflexiona para perrocronico.com sobre los vicios y los retos del periodismo que documenta las violaciones de derechos humanos en México.

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Fotografía: Ricardo Nevárez

Daniela Rea mira por el ventanal del departamento en el último piso de un edificio al poniente de la Ciudad de México. Aquí vive con su pareja y con sus hijas. Da un sorbo al café americano que ella misma ha preparado. Juega con las llaves de su coche.

“Se siente bonito. Pero no somos los premios que ganamos, sino la chamba que hacemos cada día”.

Acaba de recibir el primer Premio Breach / Valdez de Periodismo y Derechos Humanos, un galardón que obtuvo no por postulación propia sino por decisión unánime del jurado de las distintas instituciones organizadoras: el Centro de Información de Naciones Unidas (CINU), el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos (ONU-DH), la UNESCO, el Programa Prensa y Democracia (PRENDE) y el Área de Periodismo del Departamento de Comunicación de la Ibero, AFP y la Embajada de Francia.

“Supongo que tenemos miedo de que nos pase a nosotros”.

Recibir un reconocimiento que lleva el nombre de Miroslava Breach y de Javier Valdez –periodistas asesinados en 2017–, le parece mucha responsabilidad, y más en un contexto de agresiones y homicidios de comunicadores. México es el país sin guerra declarada donde es más peligroso ejercer el periodismo, según datos de la ONU. Tan solo en 2017 fueron asesinados al menos 12 periodistas, y en lo que va de 2018, se han sumado cuatro más a esta lista. Sólo dos países son más peligrosos para ejercer el periodismo según el mismo informe de Naciones Unidas: Siria y Afganistán.

“Supongo que tenemos miedo de que nos pase a nosotros”.

El 3 de mayo de 2018, el Día Mundial de la Libertad de Prensa, durante el discurso que pronunció Daniela Rea cuando se hizo público que ella era la ganadora, la periodista leyó en voz alta los nombres, uno por uno, de 113 reporteros asesinados en México desde el 2000. Mientras recitaba esta retahíla, el público guardó el mismo silencio que uno guardaría en un funeral.

“El concepto de derechos humanos ya fue secuestrado por el gobierno”.

Un par de meses antes, durante el lanzamiento oficial del premio Breach / Valdez, el pasado 22 de marzo, cuando todavía el jurado no decidía quién iba a recibirlo, las palabras de Griselda Triana, esposa de Javier Valdez, fueron contundentes: “los periodistas se han convertido en defensores de los derechos humanos”.

Rea explica que está de acuerdo con Griselda, pero especifica que  cuando Javier Valdez escribía sobre los jóvenes que terminan siendo delincuentes, o sobre los niños huérfanos, de padres asesinados o desaparecidos, él en realidad no estaba hablando del Artículo Primero de la Convención de los Derechos de la Infancia, sino de la vida muy concreta de niños con nombre y apellido; y que cuando Miroslava Breach escribía sobre las comunidades que estaban siendo obligadas a desplazarse o a dejar de sembrar maíz por la violencia y la macrocriminalidad política, no estaba hablando de los convenios de la Organización Internacional del Trabajo sobre la libre determinación de los pueblos, sino de la vida de comunidades enteras, despojadas del territorio que han cuidado ancestralmente por el único interés de que empresarios y gobiernos obtengan un beneficio.

“Es muy triste ver cómo se han robado los conceptos y que el concepto de derechos humanos ya fue secuestrado por el gobierno, que dice ‘vamos a defender los derechos humanos’ y ‘firmemos los protocolos de respeto a los derechos humanos y convenciones internacionales de derechos humanos’. Ha llegado un momento en que eso ya parece que está vacío de significado”.

“Cometimos errores como la mediatización de la justicia”.

El premio le ha hecho reflexionar sobre su carrera y recordar sus primeros textos como reportera en Veracruz, a sus colegas y al periódico Reforma, donde creció como reportera entre 2005 y 2012 en la cobertura de temas de migración, desaparición forzada, derechos humanos y violencia institucional, entre otros. También menciona a a sus compañeros de la Red de Periodistas de a Pie, donde trabaja desde hace casi siete años.

Rea aprovecha para hacer un recuento de las etapas que han construido su oficio periodístico a la hora de documentar los casos de violación de derechos humanos. Recuerda cuando, junto a otros reporteros, empezó a cubrir el impacto de la militarización. Muchas veces ella y otros compañeros reprodujeron la expresión “guerra contra el narco”, aunque nunca fue una guerra como tal, y pocas veces hubo pruebas, juicios o sentencias –más allá de las versiones oficiales– para demostrar que realmente se hubiera cometido un delito.

Dice que muchos periodistas no tenían un parámetro previo de cómo escribir las historias de personas asesinadas, torturadas, desaparecidas y detenidas de forma arbitraria.

“Cometimos errores como la mediatización de la justicia. Abonamos a ese discurso de comprar sin cuestionar las verdades oficiales. También caímos en el error de lastimar a las personas que llegábamos a entrevistar porque no teníamos una sensibilidad todavía desarrollada o no teníamos todavía el nivel de responsabilidad, de sensibilidad, del respeto que exige llegar y sentarte con una persona que ha sufrido un horror tan grande como ver morir a uno de sus seres queridos”.

“Hemos aprendido a no criminalizar.

Daniela Rea le dice “hasta el rato” a su pareja, Richie, que trabaja como editor de Reforma, le da instrucciones de cómo llegar en bicicleta a una dirección al sur de la ciudad, y aprovecha para mandar mensajes desde su celular. Trabajo. Da un último sorbo al café y lanza una autocrítica. Rea, hay que decirlo, es una de las pocas y pocos periodistas con la virtud de revisitar críticamente su trabajo.

“No habíamos escrito nunca sobre una violencia tan sádica y tan brutal. Y ese no haberlo hecho antes, y llegar así al ruedo a hacerlo, sin ninguna capacitación previa, sí nos hizo cometer errores. Entre nuestros errores: la revictimización y la criminalización”.

Sin embargo, de los errores, Rea ha aprendido.

“Hemos aprendido a no criminalizar. Hemos intentado también desmentir las verdades históricas y hemos intentado también hacer una escucha mucho más respetuosa a quienes quieren compartir un testimonio de dolor”.

“Mientras no haya una verdad científica que compruebe, no hay nada”.

En México, según Michel Forst (el relator especial de la ONU), el 98 por ciento de los delitos permanece impune. Sólo en el sexenio de Enrique Peña Nieto, aún sigue sin esclarecerse la desaparición forzada de 43 estudiantes en Ayotzinapa, no ha habido juicios sobre las ejecuciones extrajudiciales de Tlatlaya y Apatzingán perpetrados por parte de cuerpos del ejército y la policía federal, a pesar de haber sido documentadas por periodistas serios como Pablo Ferri y Laura Castellanos. Ante este panorama de corrupción e impunidad, Daniela Rea sostiene que, como periodistas, es indispensable exigir a las autoridades pruebas científicas para corroborar o desmentir cualquier hipótesis y evitar difundirla como un hecho.

Por ejemplo, una mala praxis periodística es, claramente, el tratamiento mediático de la reciente desaparición de tres estudiantes de cine en Tonalá. La versión de que sus restos fueron disueltos en ácido apareció reproducida en medios nacionales e internacionales, pero no está sostenida en ningún documento criminológico. Advierte que los reporteros deben tener más cuidado que nunca de cómo replican las versiones que lanzan las autoridades. Fact checking ante todo.

“Mientras no haya una verdad científica que compruebe, no hay nada”.

“No somos los premios que ganamos, sino la chamba que hacemos cada día”.

Autora del libro Nadie les pidió perdón y del documental No sucumbió la eternidad, un retrato de las batallas íntimas de dos mujeres que aguardan a sus desaparecidos que produjo como becaria del Programa Prensa y Democracia (PRENDE) de la Ibero en 2013, cuenta en su haber con premios como el de “Excelencia Periodística”, otorgado por PEN México, o un primer lugar en el concurso de periodismo de Género y Justicia, que le  entregó ONU Mujeres y la SCJN. Pero Daniela Rea sigue con los pies en la tierra.

Se apresura ahora a su computadora para poner la transmisión en vivo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, donde México está siendo juzgado por segunda vez por desaparición forzada de personas con el caso de la familia Alvarado, al que ella le ha estado dando seguimiento. El primer caso, el de la desaparición de Rosendo Radilla Pacheco, que se dio en 1974, fue resuelto en 2009 con una sentencia de la misma corte que condenaba por primera vez al Estado Mexicano por desaparición forzada de personas.

Rea quita de en medio algunos juguetes de sus hijas y mira la televisión. Sin maquillaje, posa para la lente de Ricardo Nevárez, fotógrafo y becario PRENDE. Sonríe y después vuelve a lo suyo: estar atenta a lo que se dice en la Corte Interamericana.

Un librero con una colección de teteras y cafeteras que llega hasta el techo y que ocupa toda la pared queda registrado en las fotos. De fondo, se escucha la que podría ser la segunda ocasión en que una corte internacional vuelva a condenar al Estado Mexicano por su responsabilidad en una desaparición. Daniela Rea no le quita ojo a la pantalla.

(Edición: Sergio Rodríguez Blanco y Federico Mastrogiovanni)

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