En su columna para perrocronico.com, Vivian Romeu, investigadora especializada en análisis del discurso, disecciona el concepto de transición que Andrés Manuel López Obrador, candidato a la Presidencia de México, expuso en el programa televisivo Tercer Grado el pasado 3 de mayo.

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FOTO: ISAAC ESQUIVEL

Andrés Manuel López Obrador no es un político impoluto. Su intervención en el paro laboral de la UACM en 2012 dejó mucho que desear. Así lo conocí yo, y a pesar de haber votado por él en 2006 y en 2012 porque la etiqueta de izquierda me hizo sacar mi estirpe militante, no imaginé que repetiría mi elección también por él en 2018. Y no lo imaginé porque hasta hace unos días sentía que a su discurso le faltaba decir lo que dijo en Tercer Grado, el pasado jueves 3 de mayo. En una exposición brillante que dejó pensando a la mayoría de los periodistas allí reunidos, y también a quienes lo vimos, AMLO explicó finalmente con bastante claridad su proyecto de nación.

Algo de ello logré percibir durante su intervención en el primer debate presidencial y le llamé transición, pero aún ese día no se me configuraba en la mente con contundencia. En Tercer Grado ya no me quedó duda: propone una transición. Pero, ¿qué tipo de transición? ¿Por qué ésa?

A partir del 1 de julio, lo que venga tendrá que entrar en el aro de la ley y la institucionalidad: cero corrupción, cero impunidad.

En un ejercicio de destreza discursiva, AMLO hizo suyas las críticas, cuestionamientos y preguntas que ha suscitado su paso reciente de 12 años por el panorama político mexicano. Su personalidad fue lo primero en lo que se centraron los entrevistadores, quizá con la intención de “pegar” y generar nota, pero también tal vez con la intención de saber. Y es lógico: es muy posible que AMLO sea el próximo presidente de México, así, en un tris de dedos como quien dice, y ante esa posibilidad, los cuestionamientos sobre su autoritarismo han sido duros y constantes. Hoy en día, con la era de los derechos a cuestas, el autoritarismo es muchísimo peor mirado que antes. Y eso es un lastre para López Obrador.

Pero pasados diez o quince minutos de la jauría inquisitoria, con esa habilidad y olfato que lo caracteriza, AMLO comenzó a hablar de cómo pensaba su gobierno como un gobierno de transición pactada y pacífica, de unidad nacional, y a cambio –sin decirlo, claro–, planteaba un esquema de impunidad para los corruptos de siempre y los que se peguen por el camino. Pero dejó claro también que esta transición pactada tiene límites temporales y político-morales: lo que pasó antes no es de su incumbencia más allá de lo que está en curso (podemos esperar por ejemplo que deje en la cárcel a Javier Duarte, pero que no haga lo mismo con Peña Nieto), pero a partir del 1 de julio, lo que venga tendrá que entrar en el aro de la ley y la institucionalidad: cero corrupción, cero impunidad. Dejó claro también que no buscará la reelección, que no subirá los impuestos ni las gasolinas, que revisará el caso de Ayotzinapa, que será respetuoso de los derechos humanos, que no modificará la Constitución (léase: las reformas estructurales están a salvo), que renegociaría el TLCAN, pero bajo otros términos que, cual cuentagotas, fue insinuando con un carácter más proteccionista.

Se trata de una transformación de fondo y por lo tanto más duradera; una transformación que ofrece una salida a la crisis en la que hoy vivimos.

El eje moral articulador de su propuesta es la honestidad, que considera imprescindible en la coyuntura política del país. Pero más que articulador, se trata de un eje cohesivo, aglutinador, porque la corrupción le pega a todos, incluso a los ricos. Su visión sobre la honestidad se inserta en la recuperación de los valores culturales de México, los cuales –asegura– se hallan profundamente arraigados en la nación. Activándolos vía el ejemplo, la observancia jurídica y la norma de tolerancia cero, será posible recuperarlos paulatinamente y fomentar una transformación cultural que irradie sus efectos a todos los ámbitos de la vida, pero sobre todo de la vida política.

Es a esto a lo que AMLO le llama la cuarta transformación, inserta sin violencia en dos aspectos fundamentales: la tradición cívica, e incluso civilizatoria de Juárez, Madero y Cárdenas, y la coyuntura histórico-política que hizo posible el surgimiento de verdaderos gobiernos patrióticos. Se trata de una transformación de fondo y por lo tanto más duradera; una transformación que ofrece una salida a la crisis en la que hoy vivimos, un camino del que su gobierno sólo será un mero agente potenciador.

AMLO apela a la transformación y no a la transición, que aunque es igual, no es lo mismo.

Cuando descubrí esto, todas mis dudas encontraron respuesta: por eso pacta con los banqueros y los empresarios, por eso ofrece amnistía y perdón hasta para Salinas de Gortari, por eso incorporó al PES y otros engendros políticos, por eso “primero los pobres”, “la mafia del poder”, los traidores y renegados, “la república amorosa” y la “honestidad valiente”, entre otras muchas consignas de aparente incongruencia. Se trata de intentar un pacto nacional con vistas a la transición.

¿Y por qué omitir llamar las cosas por su nombre? ¿Por qué omite definir su proyecto de gobierno como un proyecto de transición política? Quizá por el desgaste del término que ya no aguanta más esperanza, y también porque habría que dar respuesta de hacia qué se transita (curioso ¿verdad?: la idea de transformación no necesita tanto formalismo). Sea por ello o no, el caso es que AMLO apela a la transformación y no a la transición, que aunque es igual, no es lo mismo. El meollo de la transformación es moral, el de la transición es político. Nada mal para el exitoso político tabasqueño que ha logrado reunir ambas dimensiones en un discurso eficaz y, desde lo que creí percibir en Tercer grado, también sincero.

AMLO ha logrado desarrollar una concepción política de la coyuntura sumamente pertinente. La lectura que ha hecho del hartazgo social ha sido esencialmente correcta y la solución que propone también. Lo interesante de su propuesta estriba, a mi entender, en la pretensión teórica que de paso responde a otro de los tantos cuestionamientos que le han hecho: ¿cómo cambiar el sistema desde el ejemplo moral?

AMLO tiene lo suyo y no es todo esa perita en dulce que he descrito párrafos antes. AMLO es un político y tiene su prontuario, de manera que viniendo de él, su propuesta es cuestionable. Respecto de ello, esbozo dos criterios sobre los que me interesa reflexionar: uno es la apuesta sociológica de su propuesta que puedo sintetizar como sigue: el actor hace al sistema; el otro es su propia transformación interna a modo de preparación para gobernante.

El discurso de AMLO sobre la transición gira alrededor de tres grandes ejes: la gravedad de la situación del país, la coyuntura política actual y su liderazgo.

Señala Facundo González –y creo que con razón– que AMLO debió haberse “tlatoanizado”; que debió haber pasado por un proceso de maduración parecido (o igual, quién sabe) a la preparación a la que se sometían los tlatoanis mexicas de antaño para dejar de ser la persona individual que eran y convertirse en figuras sagradas, cuya consagración tenía como máximo fin la consecución del bien común y la consciencia del papel histórico del gobernante en el futuro de la nación. En lo que respecta a su propia teoría y su posible praxis –porque se trata, como en el marxismo, de una teoría de la praxis política y social–, la tesis de Andrés Manuel es, al menos, atendible. A su favor tengo que decir que, soportada en una sólida base social –con la que AMLO sin dudas cuenta–, la direccionalidad personalista de su política (de arriba abajo) no es descabellada.

AMLO ha leído correctamente el hartazgo social, él ha recorrido el país como ningún político lo ha hecho; conoce al México de los problemas cotidianamente ocultos, conoce nuestra fea realidad, dice saber lo que hay que hacer para cambiar, y se considera con los atributos morales para hacerlo; de ahí la importancia de la ridícula farsa en torno a sus tarjetas de crédito. AMLO quiere ser presidente porque cree que puede contribuir a sacar a México del estancamiento y la depauperación social; al menos se piensa como pieza fundamental para hacer viable esa posibilidad. Veamos cómo lo propone.

El discurso de AMLO sobre la transición gira alrededor de tres grandes ejes: la gravedad de la situación del país, la coyuntura política actual y su liderazgo. Y sí, parece ser una lectura correcta pues para nadie es un secreto lo mal que vamos. Un prontuario de malas prácticas en más de un ámbito de la vida económica, política y social acompaña lamentablemente la cotidianidad nacional; si no se corrige el rumbo, pronto el pesimismo inundará el horizonte de las expectativas y es muy probable que se encienda un polvorín social.

Es ciertamente un camino empedrado, con imperfecciones, tropiezos, zancadillas y es posible también que hasta con errores. Pero al menos se puede coincidir o no con él.

No sé si podemos estar peor, supongo que sí, pero la percepción generalizada es que con lo de hoy es más que suficiente. Si a esto se añade el aspecto de la coyuntura política, que abre la posibilidad de un cambio pacífico e institucional a un gobierno con gran respaldo social, su propuesta adquiere plausibilidad. Me recordó la utopía del socialismo cubano en sus inicios y no pude más que celebrar la buena nueva (la diferencia de AMLO con Fidel Castro se halla, entre otras cosas, en su negativa a la reelección. Buena señal sin dudas para un país tan sensible en este tema).

Esto es lo que concreta el tercer aspecto de la terna: su liderazgo, cuestionado muchas veces desde su misma ambición personal por el poder. Después de oírlo en el programa televisivo, es ya lo que menos me importa. AMLO me convenció y no porque sea el “menos peor”, como se comenta en las calles, sino porque pude entender sus argumentos y creer que su intento de transición va en serio.

Sé que suena extraño, pero él ofrece esa posibilidad de una manera realistamente viable. Y si bien me preocupa que no tenga margen para gobernar y se le vaya de las manos ese México bronco de carencias y olvidos imperdonablemente históricos, profundos, no es menos cierto que su oferta política es atendible en más de un sentido.

Su experiencia política es innegable. AMLO conoce su trabajo y sabe cómo hacerlo. Su personalidad, su inteligencia política, su habilidad discursiva, su vocación mística y pedagógica, su persistencia, su pragmatismo y su visión de futuro y proyecto político hacen de él un fenómeno político y mediático sin precedentes. Por eso valoro ahora su intento de poner sobre la mesa un camino posible para transformar a México, aunque es ciertamente un camino empedrado, con imperfecciones, tropiezos, zancadillas y es posible también que hasta con errores. Pero al menos se puede coincidir o no con él. El resto de los candidatos mueren ahogados en la orilla: hasta el momento no han sido capaces de trazar un proyecto político de alcance, sino más bien de gestión. Es eso: o él, o el infierno, o lo mismo.

Nos toca decidir.

(Edición: Sergio Rodríguez Blanco)

(Las opiniones expresadas en las columnas son responsabilidad de sus autores y no representan, necesariamente, la línea editorial de Perro Crónico)

4 thoughts on “El antes y el después de AMLO

  1. Excelente análisis de una especialista. Aparte, nos alienta a los que verdaderamente deseamos un cambio para este país convulso. Felicitaciones a la autora.

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