Desde el Zócalo, Irad León narra lo que se respiró en medio del partido en el que a México le llegó la victoria en la que nadie creía.

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Foto: Juan Manuel Martínez Ramírez

Al término del partido Mexico-Alemania (Rusia 2018, 17/06) el monumento del Ángel se convirtió en lo que realmente es: una Victoria alada

La primera vez que el gobierno de la Ciudad de México decidió poner pantallas en el Zócalo de la Ciudad de México para ver el futbol, fue hace ocho años por el mundial de Sudáfrica 2010. Aquella mañana del 17 de junio las calles del centro se fueron llenando poco a poco y tuve la fortuna de ver ese desfile verde desde la terraza del Museo del Estanquillo donde hacía un servicio social. Los ríos de gente que pasaban sobre las calles de Madero e Isabel La Católica eran enormes: llegó un momento en que ambas se saturaron, pero quedaron semivacías una vez comenzado el segundo juego de la selección en aquel Mundial. Ese día México ganó 2-0 con goles de Chicharito y Cuauhtémoc Blanco, un triunfo increíble ante una Francia que, como siempre, era favorita para ganar el mundial.

Ocho años después, el mismo lugar se llenó una vez más. Hombres, mujeres, niños y niñas, portaban la camiseta de la selección, no sabría decir cuántos llevaban la original, que ronda los mil 500 pesos, o la clon que cuesta alrededor de 400 según la calidad. Lo que sí noté es que muy pocos venían de civil o con las playeras de sus equipos predilectos. Portaban banderas, matracas, sombreros y latas de espuma; los más preparados llevaban agua y hasta sándwiches para aguantar la soleada mañana, los más osados lograron meter cervezas y una que otra botella de tequila, pues perdiera o ganara la selección, ese sería domingo de fiesta por ser el día del padre.

En estos eventos a veces ni siquiera importa mirar sino sentirse parte, ser afín y hacer desmadre.

Llegué temprano para estar hasta el frente y aunque la pantalla en la que veríamos el partido era enorme, los últimos en llegar no veríann mucho de este partido que nos enfrentaba a Alemania, aunque en estos eventos a veces ni siquiera importa mirar sino sentirse parte, ser afín y hacer desmadre.

El partido inició en punto de las diez, el “México, México” se oyó de inmediato y el equipo verde comenzó a mover el balón por toda la cancha. Al minuto de juego un pase filtrado de Vela para Lozano y una barrida de Boateng hicieron que todos los presentes gritáramos y nos sorprendiéramos por tan buena jugada. La que siguió le tocó a Alemania y por poco Werner anotaba en carrera dejando atrás a Moreno que perdió la marca.

El Zócalo no se había llenado pero la gente seguía llegando, el equipo mexicano tocaba tocan con seguridad, movía la bola de un lado a otro, marcaba de a dos y Alemania estba sobrepasada. Los aficionados no lo creían, escuché un “no mames, qué les dieron, nunca habían jugado así” y el clásico “pinche Osorio cómo me recaga los huevos”. Los comentarios encontrados se hacían más visibles con los balones perdidos de Layún y el gran juego que estaba dando Vela. La selección jugó increíblemente y los aficionados no apartaban la vista del monitor. Alemania atacaaba y México callaba, mantenía la respiración y luego suspiraba. Algunos apoyaban a Ochoa que con seguridad no daba rebotes, otros no se aguantaban y gritaban “saquen a ese pendejo”. El partido era un matar o morir.

Minuto 34 y eché una mirada al público que está detrás de mí: el Zócalo ahora sí estába repleto. Regresé al juego y Herrera se barrió por detrás robando el balón a un lento Khedira. Moreno recogió la bola y mandó un pase al Chícharo que estaba en el centro del campo, este retrasó el esférico a Lozano y el Chucky lo hizo correr frente a un solitario Boateng que no sabía si barrer o aguantar. Chícharo vio que el 22 corría a tope por la banda derecha y le filtró el balón, Lozano lo recibió y jaló el balón hacia adentro con la pierna izquierda quitándose de encima a Özil para después pegarle con su pierna buena y meterle un trallazo a Neuer. “Gooooooooooooool”. En el Zócalo todos saltaban y gritaban, algunos abrazaban a sus pares, la espuma bañaba a otros cuantos, las banderas ondeaban y el grito de “México México” inundaba el aire.

Se vale soñar, escribió Juan Villoro días antes del encuentro: al parecer tenía razón.

Llegamos al medio tiempo y la gente respiró. Comentábamos el gol, debatíamos qué mexicano había sido mejor: “Ochoa”, “el Chícharo”, “Vela qué partidazo”, “el Doby Herrera”. No nos decidíamos pero sabíamos que nuestro equipo les ha dado un gran primer tiempo a pesar de que casi todos, a excepción de los niños, creíamos que mínimo por goleada ganarían los alemanes. Se vale soñar, escribió Juan Villoro días antes del encuentro: al parecer tenía razón, estábamos en un sueño en el que México era mejor que Alemania, “ojalá no despertemos”. Los refrigerios y las porras aparecían: “Alemania ya lo sabe, le toca la de Zague”, “Alemania va a probar el chile nacional”. El zócalo es una fiesta pero también un manojo de nervios en espera del segundo tiempo.

El partido se reanudó y para sorpresa de muchos México seguía bien aunque Vela y el Chícharo se veían agotados. Minuto 58 y Álvarez entró por Vela. Escuché un “ya va a empezar este cabron” y vi a algunos aficionados preocupados: parecía que el técnico colombiano se echaría para atrás. Minuto 66 y salió Lozano por Jiménez, la afición abucheó pues Osorio había sacado a sus mejores delanteros, la gente lo sabía. El partido siguió y la selección empezó a enfriar el juego, el balón se tocó mucho a la defensa y cuando atacaba Alemania, México contragolpeaba. Así sería lo que restaba del partido y los aficionados que estaban a mi lado apenas podíam contener las emociones. Layún y Hernández tenían algunas opciones de anotar pero o la volaban o llegaban fundidos. Algunos hinchas clamaban a Dios, otros más parecían en plegaria.

¿Por qué duran tanto los partidos?

Minuto 74 y el ahora “5 mundiales” Márquez entró por Guardado. El extitular indiscutible no fue muy bien recibido por los capitalinos que esperaban que Chícharo saliera y la preocupación que sentimos de que los alemanes empataran el partido y lo ganaran como Holanda 4 años atrás, eera la misma que sentía Osorio. Reus, Draxler, Brandt, Gomez, nadie podía batir a Ochoa. Salcedo sacó el carácter y la afición le festejó una barrida oportuna. Todos miramos el tiempo, aún faltaban 10, 7, 5 minutos más y lo que agregara el árbitro. “Son 3 son 3, compensó 3 el pinche arbitro” gritó alguien ¿Por qué duran tanto los partidos? Ojos acuosos, manos sudadas, niños sonriendo, parecía real. “Pita ya pita ya” y el silbato sonó. México hizo lo impensable y el Zócalo estalló.
La piel se enchina al recordar a hombres y mujeres llorando y no por ver al Chícharo que también lo hacía desde Rusia. La piel se eriza al ver a los niños que no dejaron de creer y que veían a sus padres con lágrimas. Quizás los más pequeños no comprendían que la gran mayoría de los mexicanos estamos necesitados de alegrías y de algunos momentos que provoquen bienestar y sonrisas que nos hagan olvidar al menos unos instantes la horrible realidad que vivimos a diario en este país. La gente grita al unísono “vámonos al Ángel, vámonos al Ángel”. Y así será. El Ángel que no es ángel, sino una victoria alada. Y así volamos todos, entre el milagro y la victoria, entre banderas, camisetas, tequila, bromas a reporteros a quienes cubrimos con espuma, cerveza y otros fluidos hasta que llegaron policías y granaderos a pedir calma, a confiscar el alcohol y a soltar algún que otro golpe. Vuelta a la realidad. Ahora solo restaba soñar con la siguiente victoria.

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