Acercarse a un amigo enfermo es difícil, no sólo por los límites que implica su tratamiento, sino por lo que su enfermedad refleja de nosotros mismos: una aversión a la muerte que, sin quererlo, reprimimos hasta darnos cuenta de que es demasiado tarde.

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Ilustración: Juan María León

Para un amigo que no vio el fin del mundo

Guardé el cubrebocas que había tomado de un dispensador afuera de tu cuarto del hospital ABC de Observatorio y me despedí. Pendían dispensadores como ése afuera de cada cuarto, junto al gel antibacterial, aunque las noticias apenas informaban de los estragos del virus en Europa. Antes de decirte “hasta luego” prometí marcarte. Me fui golpeado pero contento: hacía más de un año que te enfermaste y desde entonces no habíamos tenido una conversación sincera. Ni siquiera habíamos estado a solas en una de esas habitaciones con atmósfera de detergente. Te dejé con tu padre –un Winston Churchill dirigiendo tus últimas esperanzas– y dos amigos suyos. Me marché por los pasillos asépticos, un laberinto de luz blanca para acentuar la pureza. ¿O para esconder la enfermedad?

Una semana más tarde, el domingo 15 de marzo de 2020, bajaba por la carretera hacia nuestra ciudad natal desde los volcanes. Había ido a subir La Malinche y ahora volvía, acompañado de un amigo mío y compañero nuestro de preparatoria: una lástima tu caso, concluyó. Un tipo tan brillante, ¡a los 23 años! Pensé que debía llamarte. Desde lo alto, el murmullo del virus subrayaba lo fallido de esta ciudad moribunda. ¿Cuánta gente hacinada es necesaria para sentirnos más solos?

Esta lágrima que aún te lloro sigue sin saber dónde caer.

El lunes mis padres volvieron con urgencia de Madrid a México. El martes, después de un mes sin verlos, los saludé de lejos. No habían pasado ni 30 minutos desde su llegada cuando mi madre y yo ya nos estábamos peleando. Era el primer día de cuarentena –aún no tan estricta– en mi casa. ¿Tal vez habría preferido que sobrellevaran su encierro en Madrid?
Salí. Fue para hacerle un favor a la abuela. Ella necesitaba que le llevara un bote de vitamina C a su amiga de 92 años en un asilo. Cuando volví a casa, mi madre estaba llorando en el hombro de mi hermana en la cocina. Juzgué fugazmente su abrazo. Mientras servía agua en un vaso, me di cuenta de que la mirada de mi hermana no era una señal de que mi madre siguiera enojada conmigo: era conmiseración. De pronto fui el centro de esa escena y no supe qué hacer. Antes de que mi madre extendiera los brazos hacia mí, entendí de qué se trataba.

Marco –pensé–, por lo menos ya no estás en ese laberinto estéril. Esta lágrima que aún te lloro sigue sin saber dónde caer.

Revelar un rollo fotográfico de 35mm requiere concentración. Colocas el carrete en una bolsa negra y a ciegas lo enrollas en una espiral metálica. Mi padre me abrazó. Cuando terminas, guardas esa espiral en un tanque de plástico. Mi hermana puso su mano en mi hombro. Viertes el primer químico –el revelador–, y esperas tres minutos. Que si quería un té, algo. Sacas ése y colocas el siguiente. Blanqueador. Traté de poner la mente en blanco. Sigue el estabilizador. En blanco. El último químico, un limpiador. Estos químicos huelen a hospital.

Sentado junto a tu cama, me recordaste: tu familia nunca fue de ir a misa como la mía. Lo dijiste después de que te dieran la comunión estilo room service en la habitación del hospital. Yo hace mucho que no comulgo. Confesaste que cuando las noticias eran buenas, sí sentías que Dios te acompañaba. Si a mí me hubieran dado las noticias que te dio el doctor, no tendría a qué aferrarme.

Desde lejos veo tu ataúd, cerrado, la playera del equipo de fútbol de la secundaria encima.

Es miércoles 18 de marzo y llevo un rato en el funeral, he saludado ya a tus padres y a tu hermano pero no a tus abuelos. No han llegado nuestros amigos, no los cercanos. Ellos sí vinieron la noche anterior, salieron de aquí a la una de la madrugada mientras yo miraba el techo y no pensaba. Desde lejos veo tu ataúd, cerrado, la playera del equipo de fútbol de la secundaria encima. Procuro hacer todo desde lejos.

–Hola, güey –me sorprenden.

–Gonzo –respondo.

Él fue tu mejor amigo, Marco. No lo envidio. Cuando se agotan los temas fáciles voy al baño. No toco la manija de la puerta. No toco nada. Cuando salgo ya somos más: Sebastián, Jerónimo, Fer. Sus madres se acercan a la tuya; ahí están las mujeres que sustituyeron a mi madre mientras trabajaba. ¿Que cómo regresó ella de España? Sana, les digo, pero pues todo de lejitos. Ellas me abrazan: ahora sí nadie puede enterarse que mi madre hizo lo mismo al contarme de ti. ¿Debí ir a despedirte? Necesitaba otra vez la cercanía que sentí la última vez que nos vimos.

No estuve para ti como debía después de veinte años de amistad.

Ese día en el hospital, antes de entrar a tu cuarto, pregunté a una enfermera. Dijo que no era necesario usar el cubrebocas. Ya lo había tocado y estaba nuevo, me lo quedé. Quise saber cómo te sentías. En shock, claro. ¿Cómo entender que los ciclos de quimio que salvaron a tu hermano cuando tenía tres años no van a salvarte a ti? Quería saber más, insistí. Frustrado, te miraste el estómago hinchado por el agua atorada entre tus tumores y la piel; miraste la cicatriz que iba de pelvis a esternón y se dividía en dos hacia tus pezones; te miraste los brazos flacos y luego me miraste a los ojos y yo no pude sostener esa mirada con la que tantas veces competí de chico: en el ajedrez, en la oratoria, en los promedios escolares.

Acaso por consolarme añadiste:

–También estoy aliviado. ¿Sabes las hemorroides que causa cada ronda de quimios?.

Te reíste de mi reacción y sólo entonces reí yo. (Espero no te moleste que cuente esto a otros, prometo que tiene un porqué). El doctor, dijiste, le contó a tus padres y a ti acerca de una pequeña –es el pediatra que curó a tu hermano– a la cual le dio el mismo mensaje que te estaba dando a ti, pero sus padres la llevaron con otro médico en otro hospital con otras ideas. Este es el momento que revivo constantemente: me buscas de nuevo los ojos y dices, enojado:

–Se fue de la manera más indigna.

Eras un nudo de emociones, tenías ganas. Pude ver la esperanza: un par de expertos en métodos alternativos con los que tu padre ya había hecho cita. Había desayunado esa misma mañana con un ex paciente de una médico alternativa en Michoacán. Vi el amor con el que tu padre te lo contaba: levantaría los ánimos a un camillero en Bérgamo. La esperanza también es contagiosa, también me la contagió a mí.

Cuando tu padre salió del cuarto te pregunté:

–Oye, ¿por qué no contestas los mensajes?

No sabías. Así como yo aún no sé por qué no había ido a verte a tu casa (diez minutos a pie de la mía) en todos esos meses. Señalaste el aparato, a un par de metros.

–Desde ayer en la noche no lo he tocado.

No pienso que los mensajes que te enviaba acompañados de mi ausencia te hicieran sentir solo, porque hubo amigos tuyos que no tuvieron miedo de estar cerca.

Cuando me marchaba, doblé una esquina en un pasillo con el mismo olor a cloro que todos los demás y me topé de frente con tu madre. Hasta ese momento había podido contener las lágrimas, pero la abracé y con la voz entrecortada pedí perdón. No estuve para ti como debía después de veinte años de amistad. Que eso no era cierto, que lo importante era que te acompañáramos ahora, me dijo. Ahora nos necesitabas.

Hoy, con el olor a muerte tan presente en todos lados, confieso: ya nunca te marqué.

*Este texto se generó en el seminario Empresas informativas / Periodismo narrativo, del Dr. Sergio Rodríguez-Blanco (Subsistema de Periodismo, Licenciatura en Comunicación, Universidad Iberoamericana). Forma parte del proyecto de investigación “Narrativas, Periodismo y regímenes discursivos de la Cultura” de la Universidad Iberoamericana.

Revisión editorial: Reyna Haydee Ramírez y Ana Ballesteros.
Edición: Javier Roque Martínez y Sergio Rodríguez-Blanco

3 thoughts on “Para un amigo que no vio el fin del mundo

  1. Es difícil enfrentarse a la muerte de un ser tan querido, no se pueden juzgar las acciones, pero se que Marco supo que aún en la ausencia, estabas allí. Me solidarizo con tu sentimiento. Gracias por compartir.

  2. Me movió hasta las entrañas …
    Excelente manera de redactar , llena de emociones , “olores “ ,momentos difíciles cuando visitábamos a Marco ,me queda en mi recuerdo que varias veces le sacamos sonrisas , con eso me quedo Marco … tu gran sonrisa .
    Te extrañamos mucho
    Siempre en nuestro corazón

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