Uno de cada tres matrimonios termina en divorcio en la Ciudad de México. Las estadísticas apuntan que en las relaciones hombre-mujer, ellas son las más vulnerables, pero también hay hombres que luchan. Aquí el punto de vista de un hombre, no exento de humor, sobre el divorcio (y el desempleo) como una relación de por vida. Felipe Soto Viterbo, quien fue editor de las revistas Expansión, Chilango y Time Out y colabora con Rolling Stone México, Esquire, GQ y Perro Crónico, no quiere cancelar la posibilidad de sentir al niño que a falta de Play Station colecciona tazos.

Como cada dos viernes, lo llevo a la oficina después de recogerlo en la escuela y comer en algún Vips que nos quede de camino.

–¿Trajiste el iPad? –su pregunta es habitual; para él es la diferencia entre aburrirse hasta que yo salga del trabajo o pasárselo razonablemente bien.

–Sí. Pero primero la tarea, luego el iPad.

Salimos del elevador en el piso 10. Deslizo la credencial que abre la puerta y nos dirigimos a mi oficina. Soy el editor general de una revista: mi oficina es amplia, agradable, con ventanales y cierta privacía.

–Todo bien por acá –dice mi editora adjunta–. Vino a buscarte la jefa. Que vayas a su oficina en cuanto llegues.

Me aseguro que el niño se instale en mi escritorio y se ponga a hacer tarea.

En su oficina, la jefa me ofrece la silla frente a ella. Espero instrucciones.

–Esto que te voy a decir es un poco difícil, pero lo estuve pensando mucho y lo mejor es que ya no sigas más con nosotros.

La escucho incrédulo, pero parece ser que ha tomado la decisión y no hay remedio. Le argumento que eso es injusto, que estoy cumpliendo mis objetivos antes de la fecha planeada, que el equipo está en estupendas condiciones, que la revista está mejor que nunca y que esa decisión suya es precipitada. Sus razones son subjetivas. La discusión se prolonga por media hora. De nada sirve. Me mira con cara de falsa empatía.

Regreso a mi oficina. El niño está haciendo tarea. Me hace preguntas sobre inglés. Le ayudo. Fuerzo una sonrisa. Estoy pasmado, incapacitado para cualquier reflexión. El ventanal: la vista que no volveré a tener. El escritorio: las revistas desordenadas en su superficie. Es el viernes 18 de enero de 2013. No tengo la más remota idea de cómo voy a salir adelante.
–Ya acabé, papa. ¿Puedo jugar con el iPad?

* * *

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ILUSTRACIÓN: Yoana Novoa

A los seis años le sorprendió saber que yo alguna vez viví en su casa. Él acababa de cumplir dos cuando me fui, en 2007: no lo recuerda.

En esta ciudad uno de cada tres matrimonios termina en divorcio, dice el INEGI, y casi la mitad de los hogares tiene como cabeza de familia a una mujer. Para los sociólogos, él y su mamá quedan en la parte vulnerable de la estadística. Cuando volví por mis cosas, a los pocos días, ella me dijo, parada frente a la cama, cargando al bebé, con la mirada agotada, seca de lágrimas: “¿Por qué me has hecho esto?”

Su madre y yo llevamos la relación con distancia. Eso no impide que hablemos casi a diario para ponernos de acuerdo sobre el niño, que nos veamos tres veces por semana. Conversaciones frías. Peticiones de dinero extra, adelantos de su pensión. Favores especiales como cuidar de la perra, o cuidar del niño en días que no me corresponden. Reclamos por mi pobre desempeño como padre: todos los defectos del niño se explican con alguna falla mía. El divorcio es una relación de por vida.

–En marzo del año que entra me voy a Valencia, España –me dijo ella a mediados de 2012–. Me voy tres meses. Me dieron una beca para escribir teatro. ¿Cómo le vas a hacer con el niño?

Yo hubiera deseado esa beca que le dieron. Una de las novecientas razones de nuestra separación es que ingenuamente yo quería tener mi propio espacio para escribir. En los seis años que han pasado desde entonces, apenas he podido hacerlo.

–Ya me las arreglaré –le dije, sin saber cómo iba a arreglármelas.

* * *

Le gusta Alexandra. O más bien, no le disgusta. Hubo un festival patrio en su escuela. Cada alumno memorizó una frase acartonada sobre la bandera mexicana y las iban recitando en secuencia.

–¿Vieron a Alexandra? Era la de la bandera del águila hasta adelante.

La verdad ni su madre ni yo pusimos atención en la niña.

Días más tarde fue la clase abierta en su escuela. Culminaba con una presentación en inglés de Peter Pan. Él había estado ensayando sus diez líneas desde un mes antes. Era el capitán Garfio. Cáptain Juc.

–¡Ifai cud fain Piterspán jáidaut áigüil trápjim! ¿Bot juerisjí?

Ninguno de los padres entendimos gran cosa de la obra, hablada en ese raro lenguaje, con musicales descoordinados y escenas incomprensibles. Aun así, aplaudimos a rabiar. Alexandra era la Narréitor Uan. Reconocerlo me avergüenza: esperábamos a una niña más bonita.

–¿Y qué te gusta de Alexandra? –le pregunto.

El año pasado le gustaba Sofía, la bonita del salón, pero él desistió de ella porque era aburrida: “Sólo juega cosas de niñas”.

–Es que Alexandra se ríe de mis chistes.

* * *
“Estoy pasmado, incapacitado para cualquier reflexión. El ventanal: la vista que no volveré a tener”

Falta una semana para que su mamá se vaya a España. Es el cumpleaños ocho del niño. La fiesta es en Magic Trek, un local en el segundo piso de Parque Delta. Tienen un barco pirata, una casa de los sustos, una tirolesa, una pared de escalada, un arenero, un castillo. Varias fiestas se celebran simultáneamente. A la suya han acudido 11 niños y cinco niñas. La mamá de Alexandra se disculpó: la niña no podría venir a la fiesta. Tampoco parece importarle mucho al festejado, que corre de un lado para otro rodeado por una cambiante pandilla de enanos.

Los altavoces anuncian que todos los invitados a la fiesta deben acudir a la entrada del establecimiento. Finalmente se reúnen los 16 infantes, les dan sombreros y a él una capa y una corona de rey. Va al frente. No es un puesto que le guste.

Cuando mira una película y elige a un personaje para identificarse, nunca es el protagónico; siempre es el comparsa, o la mascota, el niño de los chistes. Hijo de dos padres hipercompetitivos, él ha elegido desmarcarse de toda competencia. Ahora que está obligado a ser el líder, se siente incómodo.

En las fotos como Rey de la Fiesta, su sonrisa es exagerada o está ausente. En cuanto termina la ceremonia fotográfica y se quita la corona, un peso desaparece de sus hombros.

* * *

–Anoche no dormí nada por estarle sobando su dedo del pie porque le dolía –me dijo su mamá, su voz cortante, al recibirme ese domingo, el día de su partida.

–Bueno, ahora eso me va a tocar a mí –le respondí.

Son dolores que no obedecen a ningún cuadro clínico. Imaginarios. Fruto de la angustia, de la pérdida. Como sabe que su mamá se irá ese día, el pie le duele.

Nunca he estado tanto tiempo, tres meses, con el niño. El acuerdo de divorcio estipulaba un fin de semana completo cada dos y la tarde de un día entre semana. Me parecía poco. Ofrecí llevarlo siempre a la escuela.

De lunes a viernes me levanto muy temprano y voy a casa de su madre, de ahí al colegio. Así lo veo todos los días aunque sea unos minutos y en el asiento trasero.

Desde hace meses él sabe que esta fecha está por llegar. Pero entre saberlo y vivirlo la frontera es amplia. La mamá promete conectarse todos los días a Skype y mandarle mensajes por Whatsapp.

En la entrada a las salas de espera en el aeropuerto, los viajeros se despiden de sus familias. Él se abraza a las piernas de ella, como quien se despide de un peluche, como no queriendo sentir la despedida. Ella lo llena de besos y emprende el camino hacia los detectores de metal, manda un último adiós con la mano y se pierde detrás de las mamparas.

De camino al estacionamiento él, finalmente, llora. Lo abrazo. No tiene consuelo.

* * *
“Reclamos por mi pobre desempeño como padre: todos los defectos del niño se explican con alguna falla mía”

Como va a quedarse tres meses en mi casa, desempacamos su ropa en los cajones vacíos del armario. Pero nos falta espacio. Tenemos que deshacernos de sus juguetes viejos. La operación toma tiempo, a cada rato se distrae para ponerse a jugar.

–Ya deja eso –le digo–. ¿Lo tiras o te lo quedas?

El avión de plástico. Un regalo de Reyes de hace cuatro años. Para mí es un recuerdo reciente. Para él ha pasado la mitad de su vida. Los Reyes me tocan a mí, Santaclós a su mamá. Aquella noche de Reyes su madre y yo peleamos por teléfono y de nada ayudó explicarle que ya estaba todo preparado en mi casa, el arbolito, los juguetes, la rosca. Nada: el niño se quedaba con ella. Le dije que le estaba quitando a un niño la ilusión de los Reyes Magos.

–Te estoy quitando a ti la ilusión, no a él.

Intenté procesarlo: él sólo tenía tres años y no entendía de fechas. Dos días después, pasado el enojo, fui a su casa con los juguetes. Le expliqué que los Reyes habían llegado a mi departamento. Se ilusionó igual. El avión fue la sensación. Lo armamos en la sala de su casa y luego se fue a dormir.

–Llévate el avión –me dijo su mamá cuando salió de acostarlo en su recámara–. Aquí no cabe.

Ahora lo ha puesto, empolvado, desarmado, en la bolsa de plástico. Es por mucho, el juguete más grande.

Por la mañana él me pregunta si los Reyes y Santaclós éramos los papás. “Pero dime la verdad”, me advierte. Le digo que claro que no.

* * *

Si se le cae un diente y el ratón le deja cien pesos es algo que no le remunera demasiado (además de que ya sospecha que roedor tan espléndido no existe). El dinero va a su alcancía y no lo verá hasta que se le ocurra comprar algo; pero poco puede comprar. Lo que verdaderamente desea, un Wii o un Play Station, está fuera de su presupuesto –y del nuestro–; y mal que bien está lleno de juguetes costeables que su madre y yo le hemos comprado un poco por la culpa de hacerle vivir con padres separados. Así que el dinero de su alcancía es como si no existiera.

En cambio, su economía está valuada en tazos: esos círculos de plástico impresos con motivos de los Angry Birds, de Plants vs. Zombies, de Los Simpson, de Mucha Lucha. Salen gratis si compras productos Gamesa, Sabritas. Como ni su madre ni yo consumimos comida chatarra, su capital en tazos es exiguo: sólo 13 tazos. Él los atesora en una alcancía especial de hojalata, con tapadera que puede abrir y cerrar cada vez que desea recontar sus riquezas. Ese día sacamos a pasear a su perra y toma la lata con él.

–¿Para qué llevas eso? –le pregunto.

–Por si nos encontramos un tazo tirado en la calle.

Todo el paseo estará rebuscando entre las basuras, como un pepenador. Todos sus amigos tienen más tazos que él. Decenas de tazos cada uno. Me da un dato inverificable que le dijo un amigo de su escuela: “Hay un señor que tiene como dos mil o cuatro mil tazos.”

–Si ves un tazo me avisas, papá.

Encuentra uno. Pero desgastado. Esa tarde, conmovido, accedo a comprarle unos Mamuts: uno para él y otro para mí. Cuestan cinco pesos, pero cada uno trae un tazo. La inversión es inmejorable.

* * *

–Papá me duele el pie.

Despierto al oír su voz. Vuelve a llamarme. Me levanto con la mente todavía mezclada entre los sueños: tengo la impresión de llevar horas caminando hasta su cuarto, contiguo al mío.

Me siento en su cama. Bajo las cobijas se retuerce del dolor.

–¿Qué pie te duele?

Me señala un pie. Cualquiera. El dolor imaginario migra de un dedo gordo al otro. Tomo un dedo. Lo sobo. Me acuesto junto a él, me duermo de nuevo. Habrá sido unos segundos. Ahora está llorando.

–¿Qué pasa, pequeño? A ver, ese dolor no está en tu pie, está en tu mente y puedes controlarlo.

Por toda respuesta, él se retuerce, llora. Enciendo la lamparita. Si es un dolor que viene del inconsciente, quizá la luz lo ahuyente. No es así. La expresión en su cara es de dolor profundo, como si le estuvieran serruchando el dedo.

–A ver, escúchame, hazme caso. Repite esto: yo soy fuerte.

–Yo soy fuerte –lo dice con la voz entrecortada.

–Yo soy valiente –lo miro a los ojos. Es programación neurolingüística. A veces funciona.

–Yo soy valiente.

–Yo domino mi mente.

–Yo domino mi mente.

Lo repetimos tres veces más. Se queda dormido.

* * *

–Papá me duele el pie.

Es la segunda vez esa misma noche. Veo el reloj. Pasan de las cuatro de la mañana. Ahora él viene a mi cama. Trae su cobija de seguridad: un Baby Mink deslavado; la tiene desde que nació. Sigue llorando. El rostro contraído. El dolor. Lleva dos días sin ver a su madre por el Skype. En Europa ya es de día. Le mando un mensaje. Ella contesta. Se conecta. Habla con él. Lo tranquiliza un poco pero no le quita el dolor. Yo me doy vuelta en la cama. Ella tiene cosas que hacer. Se despide. Pongo el YouTube y busco una caricatura de Don Gato. Cucho quiere suicidarse porque una gatita estrella de cine no le corresponde. Yo me quedo dormido. Él mira el capítulo hasta el final: el dolor desaparece. Una hora después, suena el despertador: hay que ir a clases.

* * *

Alexandra ya no le gusta. La niña tuvo la ocurrencia de quitarle la silla cuando él se iba a sentar, y fue a dar al suelo. Ella se rio, y rieron sus compañeros, pero él no toleró la broma.

–Ya no es mi amiga –dice.

–Entiendo. Las mujeres hacen cosas así –le digo.

–Sí.

–¿Y ahora quién te gusta?

–Nadie.

Lo dice jugando en el iPad mientras come la sopa. Adivino que lo platica porque se siente obligado: el tema de la niña que le gusta es algo que a su mamá y a mí nos cae en gracia. A él, en realidad, le tiene sin cuidado.

* * *

–¿Te puedo hacer una pregunta? –he decidido entrevistarlo–. ¿Cuando te quedas callado, pensativo, en qué estás pensando?

–Pues en cosas.

–¿Pero qué cosas?

–En videojuegos.

–¿Y de qué?

–Pues así de cómo será God Of War o de Minecraft. O también pienso de futbol. Que soy medio o delantero.

Él siempre juega de defensa; o en la banca.

–¿Y metes goles en tu sueño?

–Sí.

–Y también pienso de cosas que me han pasado antes. De las cosas tristes que me han pasado antes. ¿Sabes qué es lo más triste que me ha pasado antes?

* * *
“Hijo de dos padres hipercompetitivos, él ha elegido desmarcarse de toda competencia”

Fue en octubre del año anterior. Era un sábado, llevamos nuestras bicis a Chapultepec, Primera Sección. El lado del bosque que queda por Constituyentes siempre tiene poca gente, las avenidas son anchas y está prohibido el paso de automóviles. Ahí aprendió a pedalear pocos meses antes. La tarde era soleada, nuestras sombras volaban sobre los setos al lado del camino. Las veredas nos llevaron a los pies del Castillo.

–Ve hacia la izquierda –le grité desde atrás.

Viró a la izquierda, tomó la pendiente, y velocidad. El volante se fue de control. Contra el piso cayó de barbilla. Gritó. Unas personas corrieron hacia él. La sangre le borbotaba latido a latido. Le pusieron servilletas para pararle la hemorragia.

–¡Ya vámonos, papá! –alcanzaba a decir entre el llanto–. Me quiero ir a mi casa. Diles que se vayan.

Pero la cantidad de sangre era excesiva.

–¿Cómo que le pusieron servilletas? –su mamá por el teléfono, cuando le llamé.

–Era para pararle la hemorragia –le dije; yo estaba en shock–. Ya viene la ambulancia.

–¿La ambulancia?

Sólo podía ir un acompañante con él. Fue su mamá, que llegó a los veinte minutos a ver el desastre. Yo me quedé ahí mismo, sembrado en el bosque, la imagen de su caída recreándose en mi mente. Ella estuvo con él en la sala de urgencias. Sólo podía estar un acompañante. Yo me quedé afuera, escuchando los gritos del niño mientras le clavaban las suturas.

* * *

No he conseguido trabajo. Sobrevivo de los ingresos de mis clases, mis cursos, la beca académica y algún trabajo eventual. Mi capital alcanza para un par de semanas. Que mi ex mujer esté en Europa no me exime de pagar su pensión, pero la cantidad acordada, pensada para los tiempos de la bonanza, cuando yo tenía empleo fijo y bien remunerado, es mayor a mis ingresos totales. Ahora que ella no está y me he hecho cargo del niño todo el tiempo, veo que la mensualidad que le depositaba excede en cinco o seis veces lo que el niño realmente obliga a gastar. Eso sin contar que además yo pago el médico y todos gastos escolares, incluidas las clases de piano y acordeón. Eso no entró en el acuerdo, pero no quiero que estudie en una escuela gratuita. Será una discusión difícil. No sé si vuelva a amenazarme con quitarme al niño, o con acusarme penalmente de pederastia, drogadicción o actividades criminales, como amagó al inicio de nuestro divorcio. Falsedades absolutas, pero el abogado me explicó que en lo que averiguan, ya pasé de seis meses a dos años en la cárcel. Ya sabe que no tengo trabajo. Aun así, me hizo pagar la fiesta de cumpleaños, me endilgó por estos meses la renta de su departamento, más costosa que el mío, y el pago de la niñera que cuida de la perra de lunes a viernes, y del niño una vez a la semana.

–Me estoy quedando sin dinero —le digo al niño.

–Pero vas a conseguir trabajo.

–No sé. No está fácil. Quizá hay que hacernos a la idea de que viviremos con mucho menos dinero de ahora en adelante.

–Eso ni lo pienses.

* * *

Casi todos los días habla con ella por Skype a la hora de la comida. Él le toca en el piano lo que lleva de avance en sus clases. Platican de cosas que no oigo ni me interesa escuchar. A veces compiten para ver quién de los dos se quiere más, o quién extraña más al otro:

–Yo te extraño más. Yo te extraño hasta el otro sol de la otra galaxia.

–Ya sólo faltan seis semanas –le dice ella–. Ya quiero agarrar tus cachetitos.

Entonces él dice algo inusitado:

–Quiero hablar con Gabriel.

Gabriel es el pretendiente de su mamá. Un hombre de bigote, unos diez años mayor que ella y que yo. Hace como un año, al ir a dejar al niño de vuelta con su mamá, Gabriel salió a recibirme y darme la mano muy solícito. Algo desconcertante, si tomamos en cuenta que ella evita saludarme, despedirse de mí o incluso darme las gracias.

A mí, Gabriel sólo me interesaba en la medida en que pudiera ser buen padrastro para mi hijo. En ese sentido, parece no haber problema.

Días antes de que ella se fuera de viaje, Gabriel se acercó para darme su teléfono.

–Para lo que se te ofrezca con el niño.

–Gracias.

Me abrazó. Fue raro.

Gabriel está en México. Pero ella, desde Valencia, enfocó su iPhone hacia la pantalla de la computadora, donde estaba Gabriel que, por lo que alcancé a entender a partir de sus comentarios, estaba en su oficina, a pocas calles de mi casa. En ese extraño triángulo tecnológico y amoroso, intentaron entablar comunicación, pero el niño perdió pronto el interés y prefirió colgar.

–¿Pero tu mamá y Gabriel son novios o no? –le pregunto.

–Él quiere, pero ella creo que no –me dice–. Es que ella dice que él es poco interesante.

* * *
“Pero un día, a mitad del túnel descubrió una grieta misteriosa, y decidió explorar a ver qué había ahí.”

Habían sido no sé cuántas semanas de peleas continuas por razones cada vez más absurdas. En mi mente llevaba una gráfica de la felicidad: una línea indicaba la mayor felicidad que, a mi parecer, yo podría alcanzar si viviera solo y divorciado. Ya se sabe: los hombres solteros mueren más jóvenes, viven más tristes. La línea imaginaria de la felicidad matrimonial descendía y hace tiempo ya era infelicidad. Entonces la chica hermosa y despreocupada de veintitrés años de la oficina cada vez se fijaba más en mí.

Una noche la mujer que entonces era mi esposa me echó en cara mi adulterio. Peleamos a gritos, como ya era habitual. El pequeño despertó, bajó de su cuna y al vernos así se puso a llorar. Esa noche salí con mi maleta de su departamento, cerré la puerta metálica y caminé las diez o doce calles que mediaban hasta la vecindad donde la chica de veintitrés vivía sola.

–No me estoy separando de ella por ti –le dije–. Sólo necesito asilo.

La chica estaba completamente borracha esa noche de sábado. Dormí en su sala de muebles baratos. Días sí, días no, veía su cara dulce, de niña, y la encontraba vacía. De qué estás hecha, le preguntaba. Tú no eres tú, le decía. Duramos tres meses.

–¿Por qué mi mamá y tú se separaron?

–¿Qué es lo que te dice ella?

–Que tú le decías muchas mentiras.

* * *

Su mamá le regaló un balón de futbol. Lo llevamos al parque para patearlo un rato. Pero al poco de jugar se detiene a revisar la pelota. Una de las esquinas de los hexágonos está levantada. Ya no quiere jugar más.

–Pero si es normal –le digo–. Es un balón. Se maltratan. En un partido normal de futbol profesional a veces usan hasta tres balones.

–¡Pero no quiero que éste se maltrate! –dice y, aunque la ocasión en apariencia no lo amerita, comienza a llorar.

–No, no llores por eso.

–¡No estoy llorando!

–¿Entonces eso qué es? Te están saliendo lágrimas y se te corta el aliento, se llama llorar. Y no tienes que llorar por eso.

–Que no estoy llorando.

–¿Entonces?

–No sé.

–No digas mentiras. Al menos admite que estás llorando.

–No estoy diciendo mentiras –y las lágrimas le ruedan por las mejillas–. Te juro que no estoy llorando. Tú decías mentiras. A mi mamá.

* * *

Tiene puesta la pijama. Es hora de dormir. Me pide que le cuente un cuento. Se acurruca y abraza su cobija de seguridad. Me pongo junto a él. Improviso un relato sin la menor idea de qué contarle:

–Había una vez un niño que vivía con su mamá y con su papá. Pero papá y mamá peleaban. Así que papá se fue de casa a otra casa y el niño iba de un lado a otro, durmiendo con uno y luego con otro.

–Como yo.

–Como tú. Total que el niño se cansó e hizo un túnel muy profundo con una pala excavadora gigante, que unía una casa con la otra casa, y le puso un tren especial que podía ir de una casa a la otra en cuestión de segundos. Así podía comer con papá y correr a ver la tele con mamá. Pero un día, a mitad del túnel descubrió una grieta misteriosa, y decidió explorar a ver qué había ahí.

El niño está profundamente dormido.

2 comentarios en “Autorretrato de un divorcio con niño

  1. muchas gracias! es un gozo escuchar variaciones sobre temas conocidos (y confirmar que no se es el único y, por lo mismo, no se está solo : )

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