Es la hora de la clase. Llego al salón. Los estudiantes conversan entre sí, consultan su celular, ríen… y, por fin, reparan en mí una vez que los saludo. Con toda intención he vuelto habitual una práctica de cortesía para conservar más o menos intacta una de las normas más distintivas de nuestra aún tambaleante humanidad. No siempre tengo suerte, pero por lo general algún que otro estudiante me devuelve con gentileza el gesto.

Nunca se hace silencio de inmediato, pero el murmullo va cediendo terreno: primero a una atención displicente y, unos segundos después, a un sincero y legítimo reclamo de saber (o, al menos, eso quiero suponer). Para entonces, la mayoría de los estudiantes ya tiene abiertos sus cuadernos o sus computadoras portátiles; sus bolígrafos están listos, sus copias más o menos ordenadas. Hay quien repasa las lecturas, mientras otros comienzan a hacer preguntas. Y no falta el que tiene la cabeza en otro lugar; o el que, incluso, desestima como necesaria mi presencia. Si la proporción no se invierte (aunque a veces pasa con pasmosa frecuencia), la clase comienza sin mayor contratiempo.

“¡Por fin!”, me digo.

No es una expresión de júbilo, más bien resulta un llamado interno a la tranquilidad. Lo de siempre, no por conocido, se hace de rogar, pero va aflorando lenta y tímidamente, tal y como asoma el suspiro contenido de la enamorada durante la espera. Reza la sabiduría del I Ching “las condiciones deben ser propicias, de lo contrario no se recomienda emprender el viaje”.

Por eso, una vez que comienza la clase, puedo decir que la primera etapa ha sido superada.

De ambiciones y egos docentes

Yo me dediqué a la docencia, por circunstancias que no planeé; sencillamente así fueron dándose las cosas y en el camino descubrí que me gustaba. Es más, caí en cuenta que el magisterio me realizaba. Alguna parte de mí “enganchaba” con esta labor tan ingrata como reconocida. Así, algo de mí iba convergiendo con el hecho de enseñar. Muchas veces me pregunté sin mucho aplomo sobre qué era lo que me atraía del magisterio, pero las respuestas fueron casi todas sosas, políticamente correctas, choreras, mareadoras, insuficientes; como queriendo bordear, sorteando, el verdadero motivo.

Hoy, con casi medio siglo de vida a cuestas, creo que he logrado descifrar el nudo gordiano de la docencia. Lo comparto con ustedes con algo de pena y una buena dosis de modestia, pero convencida de que es el único camino posible. Un maestro debe estar convencido de que lo que enseña vale la pena ser aprehendido. Precisa de una fuerte carga de autoestima y autoconcepto positivo, atributos sin los cuales es imposible franquear con honradez intelectual la entrada al mundo de la experiencia pedagógica, que es el mundo de la transmisión, el intercambio y la producción de conocimiento. Esa es la razón, creo, por la que quien enseña tiene siempre entre sus más caros anhelos ser un buen maestro: de hecho cree merecer esa recompensa y se frustra si por cualquier vericueto incontenible no lo logra. Su actitud hacia sí mismo es tan vehemente que quiere el máximo galardón a cambio de su poco o nada impostada condición de enseñante.

Pero enseñar es cosa seria, y también difícil. Etimológicamente enseñar significa señalar y orientar a otros, hacer de guía. Desde el más vil de los egoísmos, la enseñanza es para el maestro la piedra de toque que le permite dar al otro una parte de sí mismo, sin aspavientos ni alharacas, pues su vocación ya tiene un camino trazado. Como se trata de un camino noble, la enseñanza esconde esa parte venturosa de nuestra propia egolatría, pues sentirse o creerse capaz de orientar a otros requiere de un ego fuerte, no disminuido.

Sin embargo, si no se controla suficientemente, el ego puede terminar transformándose en una daga mortal. Por naturaleza, un ego fuera de control está incapacitado para enseñar porque el ego del maestro precisa también de empatía por el otro, ese otro a quien se enseña.

Hasta aquí nada nuevo bajo el sol: todos, alguna vez, hemos escalado la montaña de la autocomplacencia y la vanidad, y todos, más de una vez, hemos acabado por bajarla a fuerzas o por propia convicción. Quienes han optado por mantenerse arriba han logrado consagrar su ego en pos de sí mismos desdeñando a los que los rodean; pero quienes comprenden que el ego tiene una función más allá de sí, intentan encauzarlo sana y respetuosamente en dirección al otro.

Nada le asegura al maestro que del otro lado haya un estudiante pendiente de su sapiencia o siquiera dispuesto a sacar provecho de ella. De hecho, los que nos dedicamos a ser maestros sabemos que esto es más común de lo que nos gusta y solemos admitir. E implica riesgos, también, porque la responsabilidad de alimentar el ego puede verse confrontada con la falta de recursos y tiempo para cultivar el saber, sobre todo cuando la sapiencia misma de los propios estudiantes logra poner en jaque la del profesor, cosa que también pasa.

Pero justo porque los maestros somos seres ambiciosos, que queremos dar lo nuestro y esperar de los estudiantes reciprocidad, nos colocamos frente a dos retos: no perder la ambición sin dejar de ser honestos, y autoevaluar nuestra práctica pedagógica, dentro y fuera del salón de clases. En el primer caso, los maestros tenemos la responsabilidad de ser intelectual y moralmente honestos, sobre todo, insisto, con nosotros mismos: de ello depende que nuestro ego quede intacto a pesar de las inevitables transformaciones y rupturas a las que debemos responder ante los entresijos y exigencias de la profesión. En el segundo, no corresponde a los estudiantes estar pendientes del desempeño de nuestra ambición. Les toca, en todo caso, a ellos la exigencia de su correcto encauzamiento.

Por eso es que cuando se habla de enseñar también se habla de aprender.

Enseñar en tiempos de Google

No es una ecuación vacía la idea que se ha puesto de moda desde hace ya varios años en torno al proceso de enseñanza-aprendizaje, aunque creo que por mal explicada y entendida se ha hecho un vicio publicitario en lugar de comprender su profundidad. El maestro no sólo debe estar dispuesto a poner a prueba su saber, sino que debe estar dispuesto a ponerse a sí mismo a prueba ante la picota pública de la clase, que es donde se recrea el escrutinio auténtico. He ahí su principal aprendizaje.

Resulta relativamente fácil hacer esto con los colegas pues, más allá de las diferencias y desajustes intelectuales, la relación entre pares nunca es estructuralmente muy desigual. Pero el salón de clases es otra cosa, ahí se juega un poco más fuerte el partido, debido sobre todo a la asimetría y complementariedad de los roles y prácticas.

Es así como llega el maestro a esa impronta moral con la que se gana el respeto de sus estudiantes. Y es que el maestro no es autoridad porque sepa más, o porque ejerza su derecho a imponer el orden. El maestro es autoridad cuando los estudiantes así lo ven. La autoridad se gana, no se detenta; por eso es reconocida cuando se practica el compromiso y la responsabilidad compartida.

No es fácil enseñar, mucho menos en estos tiempos donde el saber se socializa a un clic de internet. ¿Cuál es el papel del maestro hoy en día si la información ya viene empaquetada y lista para el consumo?

A propósito de la sed de independencia política, pero vigente en función de cualquier sentido de independencia, dice José Martí –uno de los próceres intelectuales más notables de mi Cuba amada– que ser cultos es necesario para ser libres. Yo, por supuesto, desde mi condición de docente, no puedo más que refrendar este exergo con tintes de consejo ancestral y de urgente exigencia. Me hago eco de esto porque, hoy más que nunca, cuando la información transita de lado a lado por todo el horizonte vital, aspirar a la independencia cobra una nueva dimensión.

Los maestros no sólo debemos acompañar esta aspiración, sino también promoverla. La información sólo tiene sentido si la construimos nosotros mismos, si la dejamos arrimarse a lo nuestro y permanecer allí dispuesta a revisarse cada vez que una idea nueva o sugerente nos permita pensar la vida.

No tiene que ver con acumular información, mucho menos con prescindir de ella: la información debe usarse para comprender cuál es el camino en la vida que nos ha tocado, tanto a nivel personal y profesional como histórico; de lo contrario, la información se torna lastre y con su peso termina por sedimentarse engrosando la capa rolliza de contaminaciones que nos transforma en sujetos monolíticos, atándonos cada vez más a la infertilidad intelectual conforme pasan los años.

El maestro que entienda su papel como respuesta a estos desafíos seguramente ofrecerá algo más que un saber profesional y experto. Si bien este saber no puede ser sustituido del todo, sí linda hoy en día con la desventaja que representa el cúmulo de información que se almacena en millares y millares de letras, ilustraciones, videos y bytes fuera de sus especializados terrenos personales.

Intuyendo esto, y también reflexionando un poco desde mi propia experiencia como docente, el papel del maestro en el siglo XXI debe orientar el uso de la información desde una perspectiva ética, civilizatoria, que refuerce la necesidad de cuestionarla, discerniendo sobre su naturaleza explicativa. Con este objetivo he conducido buena parte de mi trabajo docente en los últimos años, pues estoy convencida de que a través de ello podemos contribuir a la formación de profesionales y personas capaces, responsables y cívicas; comprometidas con el otro, con su tiempo y consigo mismas.

Reloj, no marques las horas

Es la hora de salida, la clase está por terminar. Los estudiantes miran su reloj. Me apresuro a cerrar el tema para dar por concluido, de momento, este ejercicio docente. Si las cosas han ido bien, pienso en lo afortunada que he sido, que soy, porque me gano la vida haciendo algo que definitivamente me gusta.

Un estudiante se despide y me da las gracias. Reflexiono. Dudo. Acepto el gesto. Y salgo con vida para, mañana, tener ganas de volver a lo mismo, pase lo que pase, otra vez, siempre, mientras dure la esperanza.
Ilustración: Yoana Novoa
Editores: Sara Barragán del Rey, Federico Mastrogiovanni y Sergio Rodríguez Blanco

Un comentario en “Confesiones de un maestro

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