Esta crónica se adentra en la casa nueva construida sobre las ruinas de una de las mil 606 viviendas que quedaron pulverizadas en Ixtaltepec el 7 de septiembre de 2017. Ha pasado más de un año desde el temblor y una quietud tensa reina en este microcosmos en la Sierra Juárez de Oaxaca. En la familia de María Elena, los secretos guardados durante años (rotos en pedazos en una olla de presión) también provocan movimientos telúricos. Solo Donatello, la tortuga mascota de este hogar, permanece incólume.

I.

Todas las tardes, María Elena se sienta en una silla de plástico, en su patio, a ver el atardecer. En sus ojos claros se reflejan las nubes y las montañas que enmarcan a Asunción Ixtaltepec en la Sierra Juárez de Oaxaca. Se recoge el pelo, aclara la garganta y cruza las manos sobre las piernas. Sonríe cada vez que habla de su familia y se entristece cada vez que recuerda. Su falda negra y blusa azul, perfectamente cuidadas, combinan con el cielo de la noche. La vida de María Elena deambula de un lado a otro intentando conciliar sus pensamientos. Conforme el tiempo y las memorias se escurren entre recuerdos de brechas familiares y costumbres casi insulares, sus pies se mecen hacia adelante y hacia atrás en el aire. María Elena decide contar, por última vez, cómo fue el temblor del 7 de septiembre de 2017.

“Como si Dios dijera salte porque se cae esto…” (María Elena).

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Atardecer en Ixtaltepec.

II.

Sostiene una fotografía de su casa antigua. Era azul, medía siete metros de alto y las puertas estaban talladas en caoba. En una de las puertas se lee “Taller de Bicicletas” y allí, frente al lente, un retrato de María Elena hace diecisiete años: un indicio de sonrisa; el cabello relamido hacia atrás; el impecable atuendo de camisa y falda y, entre los brazos, sostiene a su nieto. Prefiere no acordarse de cuál. El tiempo pasa distinto en los pueblos: es un vaivén entre días monótonos y movimientos telúricos que cimbran hasta las raíces familiares.

“Con el temblor se me perdió el juicio” (María Elena).

III.

La fecha 01/11/08 está impresa en la fotografía con tonos amarillos que han cedido ante el tiempo. La fotografía se tomó hace diez años, cuando María Elena tenía 53. Había recibido ofertas de sus hermanos e hijo para vivir con ellos en la ciudad de Oaxaca. Decidió quedarse en Ixtaltepec porque allí estaban su casa y sus nietos. A estas alturas poco importa que su matrimonio se haya consumado bajo amenaza y nunca haya logrado amar a su esposo. Ella duerme en su catre y, cuando llueve, en un cuarto de madera. Él, en su camioneta Chevrolet de 1987: la compró en Carolina del Norte, cruzó a Monterrey con placas de cartón y un chofer la manejó a Oaxaca. No hubo detenciones arbitrarias, ni perros de cacería, ni ráfagas de balas; sólo un “gudbai buena onda” y cruzó. Jorge no sabe manejar, pero toca la guitarra.

“Yo no soy de ningún Evangelio, pero me siento a hablar con Dios bajo la luna” (Jorge, el abuelo).

IV.

Afina su guitarra de tres cuerdas y aclara la voz. Empieza el repertorio con José Alfredo Jiménez. “Amanecí otra vez… entre tus brazos”. Es una de esas canciones que brota cuando las copas ya traban la lengua, pero no el sentimiento. Sin mezcal, el ambiente se carga con el ritmo de su voz que busca imitar a otro de sus grandes ídolos: Pepe Aguilar. Embriagados con los sonidos de Occidente y al compás de las rancheras, Jorge voltea a ver la nueva casa en donde le gustaría vivir. Ese era el plan. En octubre, comenzaron las obras. En noviembre, se cayeron las paredes y tuvieron que empezar de nuevo. Nueve meses después, en agosto, Jorge recibió la casa como un regalo por parte de su madre, María Elena. Ahora, en septiembre, ambos duermen afuera; igual que una semana después del temblor. En el patio.

“Por mis besos… así pasaron muchas, muchas horas” (José Alfredo Jiménez).

V.

Su cuarto es de madera, el piso de concreto. Un foco ilumina toda la habitación. La hamaca, a la mitad del espacio, funciona como tendedero para las camisas de Jorge y los vestidos de María Elena. Entre los espacios de las tablas, hay periódico para que no pase el viento. En las esquinas, arrumbados, se encuentran los picos, palas y costales de cemento. En la puerta, una colección completa de estampas del mundial, de Coca Cola, está pegada en forma de H. La “regadera” son dos lonas en forma de C a la cual se acude con dos cubetas de agua: una fría y otra caliente. Supone que con el tiempo ella volverá a tener su casa y no deja de hacer futuros planes de construcción. “El presidente tiene su casa, ¿no? Pues yo también tengo mis Pinos”. Mientras lo dice toca la madera de su cuarto y ríe. Le da un sorbo a su taza y sale de la habitación.

VI.

Anochece y María Elena ya tiene otro Nescafé entre manos. Se trata de su defensa en contra de la noche, de los temblores nocturnos. Es jugarle una broma al sueño, aunque eventualmente cede. Duerme afuera, a la intemperie. La cuestión es muy sencilla: prefiere pelear contra los zancudos que contra los temblores. Sus días comienzan a las 5:00. Jorge padre e hijo salen a trabajar hasta las 2:00 de la tarde. Artistas por convicción y jornaleros por circunstancia, el mayor toma rumbo al cerro y el joven hacia las oficinas del Palacio Municipal. El aire es menos denso a esa hora. Se facilita respirar y manejar el machete con precisión. Conforme pasa el tiempo se deja entrever la actualidad del pueblo: toneladas de cal, ladrillos, cemento, piedras, escombros y coches que ya se acostumbraron a sortear inundan las calles. A tres cuadras de la casa se encontraba el Palacio Municipal, uno de los pocos edificios de tres pisos del pueblo.

VII.

Los cimientos poco visibles del extinto Palacio permiten dimensionar el tamaño de la estructura. El viento susurra sobre tiempos que si bien no eran más emocionantes, al menos eran mejores. La marca del terreno permanece intacta dentro de sus límites. La vegetación ha encontrado su camino a la superficie. Restos de alambres metálicos, cables de luz, paredes con cinco ladrillos de grosor y un escusado son el recuerdo de lo que fue y será por mucho tiempo. Al otro extremo del parque, dos albañiles descansan bajo la sombra de una palmera que se encuentra frente al kiosco, una de las pocas construcciones que quedó en pie. A un lado, la iglesia de la Virgen de la Asunción ofrece sus misas afuera. En sus paredes hay cicatrices. Esta vez, y para sorpresa, no tienen que ver con el temblor; las huellas del atentado en contra de Oscar Toral, el presidente municipal, permanecen allí desde junio del año pasado, esperando a ser removidas; pero existen prioridades.

VIII.

Ese 7 de septiembre, Oscar Toral sintió miedo. En el nuevo Palacio Municipal, todos esperan la llegada del presidente. Veinte personas observan su reloj, se abanican con sombrero y alinean sus huaraches con los adoquines del piso. El lugar cuenta con tres escritorios, dos sillones, cinco sillas mecedoras y un aire acondicionado. A las 11:20, se abre la puerta, cuatro personas con lentes oscuros, pistolas y una pequeña mochila se escurren entre la gente hasta lograr permanecer en las puertas, después, entra Toral y todos se levantan a darle la mano. Minutos más tarde, en su oficina, muestra sus heridas de bala, una en el brazo y otra en la cabeza, sostiene que ese día sabía que todo iba a estar bien; el temblor fue la antítesis del atentado. Desliza su celular en la sala de juntas, abre un video en WhatsApp y le da play. Fondo negro y música pop, tres segundos después comienza un sonido atronador y gritos desgarradores. Su hija posee, quizás, uno de los testigos más solemnes de la noche del temblor. Una noche en la que todos durmieron en la calle.

“Como si agarraras una botella de plástico y la movieras, así” (Oscar Toral).

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Palacio Municipal de Ixtaltepec

IX.

“¡Murió la señora Adelfa! ¡Murió el señor Martín!”. La lista de nombres y apellidos no cesaba. Durante la madrugada, los vecinos coreaban los nombres de quienes habían fallecido. Los cuerpos fueron llevados al Parque Central. Aquellos a quienes se les había caído la casa solicitaron estancia en los albergues y gritaron sus apellidos; como si una parte de ellos hubiese muerto también. La luz tardó cuatro días en llegar. Se establecieron camas y centros médicos en las calles y en la mañana del 8 de septiembre todos desayunaron estofado y barbacoa. La fiesta de la Virgen de la Asunción, de donde recibe el nombre Ixtaltepec, conmemora a su patrona el 8 de septiembre y los preparativos se hacen con un día de anticipación. En ocasiones, las coincidencias forman parte del léxico de desastres; algunas de ellas son monumentales y otras personales.

“Aquí ya nadie hace fiesta. A la Virgen ni siquiera le pusieron su ropa nueva” (María Elena).

X.

Esa noche, María Elena vestía una falda azul y una blusa verde. El vestido más fresco que tenía; el calor era sofocante. Su casa, además de tener taller para bicicletas, papelería, huerto para sembrar frutas y cresta de gallo y cuartos para toda su familia, tenía seis televisiones. Las recuerda con particular alegría. La primera llegó de Estados Unidos en la Chevrolet de Jorge. La segunda se la regaló una amiga en su cumpleaños, la tercera la compró su hijo Jorge, la cuarta la compró ella y las dos últimas fueron un regalo de Peña Nieto por formar parte del programa de adultos mayores. En la televisión grande, la que llegó de importación, veía la telenovela sobre la vida de Lupita D’Alessio mientras tejía y tomaba café. A las 11:49 de la noche comenzó el temblor. María Elena corrió hasta el cuarto de su hijo, pero él no contestó. Cruzó el umbral de la puerta principal de caoba y detrás de ella se desplomó toda la estructura. En el jardín, la esperaban todos sus familiares. Algunas hamacas, ropa y cartones fungirían como camas durante meses.

“En momentos así, no hay espacios para el ego” (María Elena).

XI.

Mil 606 casas destruidas y 13 muertos fue el saldo final. Detrás de esas mediciones que decidían si una casa era pérdida total o parcial, se esconden las historias que, por ser consideradas nimiedades, se pierden entre recuerdos. María Elena recuerda todo. Su casa formaba parte del legado histórico de Asunción Ixtaltepec. A un lado de la ventana, por dentro, unos ladrillos formaban el número 1838 enmarcado con tulipanes dibujados en madera. Ese marco vio nacer a cinco generaciones de la familia Jiménez. A un costado de la casa de María Elena se encuentra, en ruinas, La Casa del Pueblo. El último regalo de sus antepasados a Ixtaltepec. En la entrada principal se lee labor omnia vincit. Por encima de los grandes ventanales, resaltan palabras como biblioteca o audiovisual. La escuela fue inaugurada el 17 de septiembre de 1920. Andrés Enríquez, su bisabuelo, fue quien regaló el terreno al gobierno. El campesino decidió realizar la aportación porque estaba harto de que la gente no supiera leer ni escribir; empezando por él.

“Después de tanto se vino a morir en el 2017, porque sí se murió, ¿no?” (María Elena).

XII.

Ocasionalmente, hay red en Ixtaltepec. Las generaciones más recientes de la familia Jiménez son asiduas a los celulares. Para Guadalupe, la sobrina de María Elena, queda esperar a ver qué sucede con el tiempo. Mientras tanto, se distrae con alguno que otro juego y resalta el hecho de que el pueblo va a cambiar cuando lo vuelva a ver en el satélite a través de Google. Promete que va a ser más moderno, pero no está convencida; quería que sus hijos vieran sus raíces, pero se acostumbra al cambio. Así, aprovecha para enseñarme la casa antes del temblor. En la pantalla se notan muchas diferencias. De entre todas ellas resalta una en particular: los límites de la casa de María Elena ahora son más pequeños. La vecina se apropió de varios metros de terreno. De fondo cruza un vocho descapotable con una bocina que anuncia que en Juchitán se abren las inscripciones para entrar a la universidad con música de fondo: Bomba Estéreo, el hit del verano, se abre paso al ritmo de To My Love por la calle Centenario.

“Hay una fundación: Tengo Derecho a mi Casa Tradicional…” (María Elena).

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Casa de la Cultura de Ixtaltepec

XIII.

Existieron abusos de todo tipo. Bulmaro Jiménez, el hermano de María Elena, tiene 68 años, viste una gorra de los Red Sox y unos lentes con armazón de metal. Habla desde su catre de yute, reclinado y atento a las respuestas de su hermana. Comenta el precio de las reconstrucciones. La imagen de los albañiles descansando regresa. A la semana del temblor, llegaron de Puebla, Oaxaca, Veracruz y de la Ciudad de México en busca de trabajo. Llegan a cobrar hasta quinientos pesos diarios más el refresco, que es obligatorio. Entre dientes, Bulmaro empieza a hablar de sus vecinos y María Elena camina hacia una valla metálica a la izquierda de su casa. Mientras desliza los dedos por los rombos, se detiene en un lugar en particular, alza la cabeza y señala los cimientos de su casa antigua, que ahora están al otro lado de la barda. El robo de metros de terreno no es un caso aislado. En casa de María Elena, prefieren no recurrir al municipio: al fin y al cabo, no saben quién apoye a la vecina.

“Ya se pasó. Ahora va a querer agarrar la casa” (María Elena).

XIV.

Sobre el piso. Jorge, Rebeca y sus dos hijos viven en la nueva casa. Mide siete metros por ocho de largo. Tiene una cocina con dos hornillas para el gas, un baño con regadera y escusado y dos hamacas que cuelgan en el patio. Ahí pasan ahora la mayor parte del día. Esperando la ayuda del gobierno que en ese momento llega en forma de cheque: tres mil pesos. Para María Elena no se trata de una casa porque por dentro no tiene divisiones. El arquitecto de la constructora decidió que la casa debía ser así, incluso después de aportar otros sesenta mil pesos a la construcción además de la tarjeta que recibió por ciento veinte mil pesos. Por dentro, la casa es caliente, todos prefieren reunirse afuera. Los colchones, sin sábanas, se encuentran organizados en forma de escuadra pegados a las paredes. Los hombres duermen a la izquierda; la mujer, a la derecha. La cama de Rebeca es la única con base: un adorno de flores talladas en madera destaca. En un círculo desordenado, al centro, se encuentra la ropa; una dona de telas y muebles.

XV.

El sol quema afuera. En el patio, en una cubeta azul de plástico, vive Donatello, una tortuga que llegó de Xochimilco hace dieciséis años y que recibió su nombre por la serie de Las Tortugas Ninja. Es la única mascota de María Elena. Le costó veinticinco pesos. Con ambas manos la sostiene y voltea. Una mucosidad blanca se levanta del fondo y envuelve todo su cuerpo. Aunque no sabe si se trata de una hembra o macho, es su hija; la que nunca tuvo. Quizás el vínculo también es inconsciente. Al tocarla, está fría como un cadáver, pero se le siente el pulso. El caparazón agrietado ostenta similitudes con la familia Jiménez. María Elena encontró en la tortuga lo que perdió en la vida: la capacidad de cargar su casa a cuestas.

XVI.

Lo primero que recuerda María Elena después del temblor y los escombros fue un baúl que le regaló su mamá. Se encontraba allí, como un rey, encima de todo el desastre. Fue lo único que pudo recuperar después del temblor. Su casa fue la primera en ser escombrada y aunque tres días le hubieran bastado para subirse y tomar ropa, muebles u otras de sus pertenencias, se alegra de conservar el baúl. Y dos fotografías. Cuando llegaron los camiones de volteo, se llevaron todo. Por órdenes de Oscar Toral, los desechos fueron puestos en las orillas del río Los Perros. Ahora forman dos grandes montículos extendidos de tierra que evita que el agua se salga de su cauce natural. Al presidente reelecto le valió una demanda y una multa por tres millones de pesos que hasta la fecha continúa sin resolverse. El proyecto es crear un parque sobre los restos de las casas y escombros de Ixtaltepec. Cuando se camina por encima aún se pueden ver ladrillos con cemento y cal. Si se rasca un poco la tierra, se pueden sentir las delgadas varillas de metal. Un esqueleto de proporciones épicas que permanece bajo tierra esperando una ciclovía. Por lo pronto, caminar allí es similar a hacerlo en una playa: las pisadas sobre conchas marinas y su fragilidad al toque esbozan el sistema del que alguna vez formaron parte. Un lugar vivo.

XVII.

Tlayudas y Coca-Cola. Mientras comenzamos a cenar, el pasado y presente conspiran en una demostración de su poder. Tiembla. La casa cobra vida. Lentamente, mientras transcurren los segundos y el movimiento prácticamente recorre todos los objetos, el miedo es palpable. El epicentro es en Ixtepec, a unos 8 kilómetros de Ixtaltepec y la magnitud es de 4.1 según reportes preliminares. La casa se movió en lo mínimo, un banco de arena soltó por un instante una ráfaga de polvo y el foco que alumbra la casa es ahora un péndulo. La vida de María Elena ahora va así. Deambula de un lado a otro intentando conciliar sus pensamientos. Generalmente, estos son el aprender a vivir de recuerdos y el interminable conflicto con los calendarios; si ella los hubiese creado, el mes de septiembre no existiría. Antes del temblor observó luces en el cielo y hasta agosto ya las ha visto un par de veces. Después llegó la lluvia y más adelante el viento. Como si se tratase de un pasaje bíblico, la incertidumbre y superstición envuelven a los habitantes del Istmo. El pulso de las cosas.

XVIII.

Jorge, el hijo de María Elena, tiene una cicatriz en la frente. La marca fue provocada por un machete; herramienta de jornalero. Ese trazo en su cabeza fue producto de la violencia. La respuesta llegó con un trastorno del habla. Tartamudea. Rita no forma parte directa de esta historia. No es de la familia, es sólo una vecina del pueblo. Es una empleada de Comex que fue agredida durante su crecimiento y edad adulta. Padece de epilepsia. Siempre escribe. Entre los habitantes de Ixtaltepec es común que la llamen loca; ella no se inmuta. Conoce su realidad y también aquella que el pueblo ignora. Las condiciones médicas y creencias religiosas toman un rumbo divergente dentro de los límites del pueblo. Los demonios a veces siguen siendo los responsables de los trastornos de salud y las limpias, junto con el rechazo familiar. Las fronteras simbólicas se tergiversan entre tradiciones y costumbres que se refugian en límites. En contornos. En cicatrices.

XIX.

Probabilidades de tormenta. María Elena muestra sus dotes de meteoróloga. Asegura que fue innecesario llevar una chamarra porque no va a llover, con echar un vistazo al cielo sabe perfectamente qué es lo que sucederá. Bulmaro, por el contrario, está seguro que ahora nada se puede predecir. Las nubes no son como eran antes. El clima ya se estropeó, como si se tratara del aire acondicionado en el Palacio Municipal. Espasmos que recorren todo el cuerpo entre recuerdos. Suspiros que inundan a la familia Jiménez. Lágrimas que hinchan los ojos y hacen creer que la lluvia después del temblor se había formado por ellos.

XX.

Antes del temblor, toda la familia dormía dentro de la casa. Durante la reconstrucción, lo hicieron a la intemperie. Ahora, María Elena y Jorge duermen bajo las estrellas. Hablan más que antes: platican sobre constelaciones y las probabilidades que ven en ellas. Pelean encarnadas batallas contra los zancudos. Engañan el sueño con tazas de Nescafé. Sobre los escombros. En catres separados. Afuera de la casa.

“Ahora sí, hasta que la muerte nos separe” (María Elena).

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*Edición: Sergio Rodríguez Blanco
Revisión editorial: Beatriz de León

5 thoughts on “El pulso de la tortuga

  1. Muchas felicidades, me imaginé perfecto todo. Gracias por compartirlo.
    José Garrido; soy tu fan #1. Muchas muchas felicidades y mucho éxito

  2. Increíble metáfora a través de la tortuga, muestra a detalle la vida de una persona -que como muchas otras- siguen sufriendo los estragos del sismo, algo que es inolvidable. Es conmovedor leer sobre estas personas que perdieron todo y siguen en pie. A pesar de no encontrarnos en la misma situación tenemos dentro el sentimiento de empatía; la historia nos deja ponernos en su lugar, las descripciones permiten saber como era su casa, familia y vida antes y después.
    Un cambio súbito, brusco, inesperado. un desastre que así como a María Elena, afecto a cientos de personas. Es triste ver como hay personas que se aprovechan de esta situación, como es el caso de la vecina. Pero es más triste aún que María Elena no haga nada, entrando en una nimiedad, causada por los estragos del sismo. Me pareció una historia conmovedora, pero a la vez llena de este sentimiento de optimismo de volver a recuperar la casa que alguna vez tuvieron.

  3. Muy interesante y emotiva crónica.
    Con el caso de Maria Elena podemos imaginarnos por lo que tuvieron que pasar todos los demás de Ixtaltepec. Es increíble como de la noche a la malana, un suceso como el sismo cambia a las personas, ademas de dejar rastros y cicatrices que serán muy difíciles de olvidar y borrar 😢 Sin duda alguna un caso para reflexionar

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