Nunca vio a su abuelo abrazar o besar a su abuela. Dormían en cuartos separados. Fue severo consigo mismo y con los suyos, haciendo honor a sus raíces mixtecas. Murió en plena cuarentena del COVID-19 y nadie pudo dar un abrazo ni un beso a otro durante su funeral. Omar G. Villegas, el autor de esta crónica, muestra que  detrás de una muerte arisca, adusta y recelosa, existen otras formas de amarse.

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Ilustración: Juan María León Piña

El funeral de mi abuelo

El tiempo mina hasta los hombres más fuertes y trabajadores. Dicen mis tíos que mi abuelo tenía 87 años. Mi mamá cree que tenía más de 90. No sé su edad precisa. En los pueblitos como en el que nació en la sierra mixteca de Oaxaca las fechas de nacimiento son inexactas, insustanciales porque no garantizan nada.

Mi abuelo paterno murió en la Ciudad de México la primera mañana de abril del 2020 en plena contingencia por la pandemia de coronavirus. Llevaba semanas muy debilitado y al final necesitó oxígeno y vigilancia casi 24 horas. Su muerte coincidió con uno de los dos cumpleaños de mi padre, su primogénito. Papá tiene dos natalicios: el que siempre le habíamos celebrado en marzo y el oficial de su acta de nacimiento, que actualizó hace unos años por un error.

Mamá me dio temprano la noticia en un mensaje de texto porque nunca oí sus llamadas. Yo estaba a punto de salir hacia las calles semivacías y silenciosas de la Ciudad de México rumbo a mi trabajo en Tv Azteca, donde soy guionista de un programa de espectáculos. La tele nunca para. En un miércoles sin el acecho del COVID-19 la capital sería un avispero zangoloteado. Ese día la mayoría estaba recluida en casa haciendo home office, estudiando, desayunando, durmiendo, apenas espabilando. Asomándose a la ventana para mirar detrás de un cristal el cielo soleado y despejado de primavera, alguna de las jacarandas citadinas que florean con el calor de la temporada, avenidas con menos autos. Nada en específico.

Después de leer el mensaje de mamá, le llamé. No sabía detalles. Mis tíos se encargarían de todo. Fui a trabajar mientras esperaba más información. Acabé mis labores y pedí permiso para irme un poco antes de lo habitual a la funeraria donde sería el velorio. Pedí un taxi de aplicación y crucé la ciudad bajo un sol abrasador desde el sur hasta el oriente en la frontera entre Iztapalapa y Neza, en cuyas entrañas está la casa de mis abuelos paternos.

No pudimos abrazarnos. Ni siquiera darnos la mano.

La muerte de mi abuelo no me tomó desprevenido pero sí me sacudió. Sabía que estaba delicado. Era consciente de que podía morir pronto, aunque ya había superado varias crisis. En el fondo pensaba que aquel hombre que vi trabajar sin descanso aun de viejo y comer sin remilgos resistiría más. Mucho más. La última vez que lo vi fue semanas atrás. Antes de la contingencia. Ya sea por trabajo, ya sea por el ajetreo chilango que fulmina, no volví a su casa. Y cuando el desbarajuste mundial nos alcanzó me contuve de visitarlo por temor a poner en riesgo su salud. Sus pulmones estaban lastimados por haber respirado durante años humo de cigarro en la cantina donde trabajó sirviendo tragos. No platiqué con él otra vez. Tampoco lo hacíamos a menudo. En las reuniones solíamos sentarnos a comer y ya. Mi abuelo respondía alguna pregunta, contaba alguna anécdota o daba una opinión. Al terminar se iba a descansar a su cuarto o a ver televisión. Solo.

En nuestra última conversación lamentó no poder ir a la iglesia y a su pueblo. Estaba tranquilo. Acostado en su cuartito con un tanque de oxígeno al lado, una Virgen de Guadalupe y una televisión enfrente. Mi madre dice que mi abuelo murió reconciliado con la vida y creo que tiene razón. Su semblante dentro del féretro era tan apacible que contagiaba serenidad. En sus últimos años lo recuerdo así, impasible, incluso ante noticias tan devastadoras como que su hijo mayor tenía un agresivo cáncer de próstata que había invadido sus huesos. Durante las terribles primeras semanas de la enfermedad de mi padre, mi abuelo, ya grande, se sentaba a su lado durante horas, acompañándolo, con las manos cruzadas en su regazo y la mirada inclinada. Cristalina. Abstraído.

El funeral de mi abuelo fue inusual. Las medidas preventivas contra el coronavirus exigieron que se limitara el número de asistentes. De llenarse, tendríamos que salir y entrar en grupos pequeños a despedirnos. Solo fue la familia cercanísima y algunos amigos de mis tíos. No pudimos abrazarnos. Ni siquiera darnos la mano. Hacíamos algún gesto de consuelo, asomábamos alguna sonrisa. Yo llevaba cubrebocas porque seguía saliendo a la calle para trabajar. Por momentos solo estuvimos unas poquitas personas acompañando a mi abue. Eso me dolió hasta que comprendí que se trataba de una situación extraordinaria y que nada tenía que ver con el cariño que se le tuviera. Sé que muchas personas lo quisieron pero no pudieron ir, o no se enteraron porque tampoco se hizo una gran convocatoria.

Siempre he creído que la gente de la mixteca y sus descendientes somos como aquel entorno: ariscos, adustos, recelosos.

La falta de contacto durante el funeral no fue una pesadilla para nosotros. Siempre he creído que la gente de la mixteca y sus descendientes somos como aquel entorno: ariscos, adustos, recelosos. Lo necesario para sobrevivir en un lugar tan desafiante. Yermo en temporadas. Gélido en invierno, abrasador en épocas de calor. Azaroso. De siembras irregulares. Escaso de agua. Lejos de todo. Inaccesible. Nunca vi a mi abuelo abrazar o besar a mi abuela. Dormían en cuartos separados. Hombre de su tiempo, fue áspero con su familia. Mis abues paternos tuvieron que trabajar desde nenes. Mi abuelita sigue llorando al recordar que para venir a la capital ella y su familia tuvieron que cruzar la sierra y en el camino murió de hambre uno de sus hermanos. Mi bisabuelo, a quien no conocí, envolvió a su pequeño en un petate, lo enterró y siguió andando con los suyos ignorando las lágrimas. Los de la mixteca lloran a menudo pero en silencio. Inadvertidamente. Contenidos. La dureza es exterior. Enfrentan con el ceño fruncido a los desconocidos, las amenazas, lo extraño. El interior es frágil, tímido, resignado. Mi carácter es así. Estuve toda la tarde en el funeral. Me retiré en la noche. Trabajaba al día siguiente. Callado me despedí de mi abue. Me acerqué al féretro, lo miré y en silencio le agradecí. Me conmoví y sollocé con extrema discreción. A la única que toqué, inseguro, fue a mi abuelita al irme: le roce un hombro mientras ella consentía que fui a despedir a mi abuelo.

El municipio pidió una prueba que comprobara que mi abuelo no había fallecido de coronavirus.

No fui al entierro en Oaxaca. Mi abuelo siempre quiso ser sepultado en su pueblo y así ocurrió. Hubiese querido morir ahí pero no fue posible. Se le veló durante toda la noche y al día siguiente partieron temprano. Otra singularidad. La carroza fúnebre solo podía llevar el cuerpo y a un par de familiares. Por la contingencia, la funeraria no facilitó un camión para la familia. Tendrían que irse en sus autos. Después supe que en el pueblo también estaban restringiendo la entrada de camiones porque hacía poco se supo de un caso de COVID-19. Habían cerrado establecimientos. El municipio pidió una prueba que comprobara que mi abuelo no había fallecido de coronavirus, aunada a los trámites y costumbres que un sepelio implica en esos terruños. Los sepultureros pedían aviso anticipado y el pago de desayuno, almuerzo, cerveza y/o refresco para cavar. Las autoridades pedían papeles para comprobar el origen de mi abuelo porque solo los oriundos pueden ser sepultados ahí. Es curioso cómo se exige anticipación en momentos como estos, como si uno supiera cuándo va a morir. Todo logró solucionarse. Uno de mis tíos se adelantó para desenredar la burocracia. Mi abuelo, además, era conocido en el pueblo.

Hace decenas y decenas de años, cuenta mi abuela, cavaron para enterrar a quienes murieron de una epidemia de tuberculosis tras la que prohibieron escarbar ahí desde entonces.

Papá, pese a estar cansado y débil por un repunte del cáncer, quiso ir a despedirlo. Lo acompañaron uno de mis hermanos, mis cuñadas y mi mamá. Me cuentan que iba entero. Eso nos tranquilizó a todos. Temíamos que el impacto fuera tal que no lo resistiera. Papá justo está en medio de un nuevo trance por el cáncer que reactivó su virulencia, se hizo resistente y se expandió a las meninges del cerebro por lo que se le dificulta hablar, comer, andar. Llevaba días recibiendo radioterapias en la cabeza y el día del funeral se ausentó para ir a una de sus sesiones. Durante el entierro llovió en el pueblo y en la capital. Habían sido semanas muy secas. La mayoría de la familia fue y regresó rápido debido a la contingencia. Hoteles y restaurantes cerrados, la recomendación de evitar el contacto con personas, el temor a una amenaza omnipresente. Como no se consiguieron sepultureros se utilizó una máquina. Mi abuelo quedó muy bajo tierra en el panteón del pueblo, rodeado de ancestros suyos, de su gente, de aquellas fosas que hace decenas y decenas de años, cuenta mi abuela, cavaron para enterrar a quienes murieron de una epidemia de tuberculosis tras la que prohibieron escarbar ahí desde entonces. Una semana después se planeó ir a colocar en la tumba una cruz que hizo uno de mis tíos.

Me pregunto qué se sentirá tener un arraigo así, una certeza tan descomunal, amar con tal incondicionalidad una tierra.

Mi abuelo descansa cerca de aquella rústica casita suya de pocos cuartos, calentador de leña, sin barda, al pie de la Mixteca. De aquellos terrenos suyos a los que volvía junto con mi abuela para regar los arbolitos frutales y quitar las malas yerbas. De aquellos familiares a los que quería en silencio. Del olor a leña, a tortillas y pan recién hechos, a rebaños de borregos, a mezcal y aguardiente, a matas y zorrillos. De aquellos paisajes hipnotizantes que amó hasta el final y de los que se fue solo obligado por la pobreza. Bajo aquellas noches estrelladas en las que el aullido de los coyotes, el siseo de las serpientes, el aleteo de aves e insectos nocturnos se ahogan en el espeso silencio. Sé de todo esto porque lo he visto algunas veces desde niño. Me pregunto qué se sentirá tener un arraigo así, una certeza tan descomunal, amar con tal incondicionalidad una tierra. Pasa lo mismo con mi abuelita.

He recordado a mi abuelo los días siguientes a su muerte. De niño le temía a aquel hombrazo taciturno al que nunca veía descansar. Se despertaba antes del amanecer a ducharse, arreglarse, peinarse con Wildroot. Luego comenzaba a hacer algo de provecho y cuando la edad lo apabulló se sentaba, ya acicalado, a esperar que el mundo despertara. No toleraba la flojera ni en los niños. Ordenaba categórico. Trabajó hasta que el cuerpo se lo permitió. Fue cantinero, tendero, matapuercos, vendedor de zapatos por catálogo en su vejez. Conocía las estaciones del año con tal precisión que sabía qué sembrar y cuándo. Junto a su familia logró edificar una gran casa en Neza, donde viví parte de mi primera infancia. En ocasiones especiales nos daba regalos inesperados. Demostraba su cariño dando de comer sin límites. Eso lo hacía muy feliz. Sin protagonismos estuvo presente en momentos relevantes de mi vida. No se perdía el programa donde trabajo. Apenas sabía leer, escribir y hacer unas cuentas; su conocimiento fue el que da la experiencia. Desde el primer instante me aceptó cuando llegué con mi novio. Sin cortapisas, sin recelos. Con amable sigilio. Nunca me dijo nada al respecto, no hizo falta. Me quiso tal como soy y a su manera.

*Este trabajo periodístico forma parte del proyecto de investigación “Narrativas, periodismo y regímenes discursivos de la cultura” de la Universidad Iberoamericana. Revisión editorial: Sergio Rodríguez Blanco 

8 thoughts on “El funeral de mi abuelo

  1. Así fue la percepción de la vida de su abuelo QEPD, tan enriquecedora, hoy también lamenta la muerte de su padre que me puedo asegurar que será una narrativa tan llena de vida.
    Lamento mucho la partida física de dos grandes hombres en su vida.

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