Bono, el vocalista de U2, ya vaticinó desde hace décadas que podríamos comprar música desde un teléfono. Esta, y otras anécdotas, surgen en una larga conversación con el escritor y periodista Bruno Galindo en la que Johanna C. Ángel-Reyes, especialista en cultura popular, rescata las posibles formas acerca del presente a partir de la reflexión sobre los libros de Galindo para dibujar una cierta futurología de las industrias culturales, en particular de la música.

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Ilustración: Orly Echavarry

Conocí a Bruno Galindo como escritor de ficción antes que como periodista cultural. Galindo, nacido en Argentina y radicado en España desde su niñez, destaca en el mundo de las letras hispanoamericanas a partir de sus obras literarias de ficción como Remake (Artistas Martínez, 2020) y El público (Lengua de trapo, 2012). Sin embargo, gran parte de su vida la ha dedicado al periodismo especializado en el ámbito de la música. Galindo ha ocupado esta escena como investigador, periodista, artista, crítico y escritor. Es allí, a partir de sus archivos de investigación donde se origina su libro más reciente,  Toma de tierra (Libros del K.O., 2021), y que, junto con su visita a México para la participación en diferentes eventos de difusión durante el mes de diciembre de 2021, originaron este intercambio: más una conversación que una entrevista, donde aprovechamos para hablar sobre narrativas literarias contemporáneas, el presente y sus múltiples posibilidades, apuestas por el futuro del entretenimiento y, por supuesto, el oficio del periodismo.

A mi parecer, Bruno nos visita desde el futuro. Aunque su libro es autobiográfico, es una declaración de futurología para la industria musical. Resulta también una suerte de “memorama” de artistas y autores imprescindibles en una Odisea colmada de relatos dinámicos que logran condensar apuntes de la vida íntima del escritor con pasajes memorables de su profesión y experiencias como periodista cultural dedicado casi en exclusiva a la música durante décadas.

En nuestro intercambio sale a relucir un pasaje de su libro que me resulta inquietante en torno al tiempo en sí: se trata de un apartado de la entrevista que sostiene con Bono (el legendario vocalista de la banda irlandesa U2) en 1996, cuando el cantante postula una serie de “profecías” sobre la industria musical. A Galindo le llamó la atención que en aquel entonces alguien “supiera”que la música “se va a comprar por teléfono y se va a volver gratuita”. Es un  lugar “un poco frágil” en el que nos deja saber que hay alguien que sabe cómo será la escena en 15 o 20 años.

Galindo se atreve a postular que el siglo XXI nos obliga un poco a ser futurólogos; remite a un necesario dejo de ansiedad que radica en el mismo hecho. Ello nos lleva a hablar del capital, sus fortalezas y debilidades.

Pandemia, capitalismo y música

Galindo menciona en nuestro encuentro algunas claves claves para comprender, quizá de manera paradigmática, cómo se nos plantea la vida y el mercado en este momento del mundo asolado por el covid-19. Y es que “nadie quiere renunciar a tener más”. Junto con ello menciona que nuestra vieja idea del futuro era “voy a tener una casa más linda”, pero ahora es “voy a permanecer vivo”, “sé que podré salir al súper” o “esto de la mascarilla será pasajero”.

Ante este futuro apremiante una de las interrogantes que me acompañan de manera cotidiana tiene que ver con el futuro de las industrias culturales, creativas y del entretenimiento, en las que la música resulta fundamental. Tampoco podemos olvidar que sus formas de distribución pasan por la autoría y la fidelidad de las audiencias (por cierto cada vez más difícil de afianzar). Compartiendo estas inquietudes, Galindo me dice que “a lo mejor para acudir a los eventos masivos no tendrás que salir de tu casa”. Como “futurólogos” de la industria cultural en los próximos años visualizamos en la conversación una cierta cultura gamer de los espectáculos en vivo, facilitada por los dispositivos de última generación que permiten la inmersión de los individuos en experiencias mediadas por ambientes recreados, tal como sucede en los videojuegos.

Rápidamente llegamos al tema de los festivales, evocando experiencias de ambos, como público, en mi caso, y como parte tanto de los carteles como de la gestión de los artistas en el suyo. Vivir experiencias colectivas, algo que marca este tipo de eventos desde Woodstock hasta ahora, es un tema que ocupa buena parte de nuestro encuentro.

Aquí, Galindo remite a pensar que, quizá la música, en muchos de los casos es lo “menos importante”. Los festivales son una experiencia en sí mismos, donde el papel protagónico lo lleva la “avidez de sentir”. Más ahora, que el confinamiento nos impuso otras dinámicas que sobre todo resiente la población joven.

No sólo la colectividad y el goce estético forman parte de este tipo de encuentros. Bruno revisa algo que denomina la “experiencia publicitaria”. Y es que deja claro que, cuando se quiere mostrar una imagen de gente joven divirtiéndose, una de las estampas preferidas  suele ser la del festival: gente con los brazos en alto que no muestra lo que hay detrás. Lo que denota menor importancia en esta figuración es ese “alguien tocando” en un escenario. Así, el interés radica en la fórmula vitalidad/consumo.

De manera casi confidente me cuenta, además, que “a casi ningún músico le gusta”. Las razones las explica pronto: “Los músicos quieren entrar en los festivales porque no estar es malo, pero quitando los cabezas de cartel que se llevan todo el dinero, los que tocan a las 4 de la tarde bajo el sol no les pagan nada.”

La pandemia, el futuro y las historias que serán contadas

Nos preguntamos por las formas coexistentes de las narrativas. Pareciera que vamos “de salida” del tema pandemia como narrativa universal. La voz de Galindo se impregna de un cierto halo de emoción cuando menciono la coexistencia en las formas de contar historias y le pregunto por lo que sea que vendrá.

El resultado de esto que Galindo denomina la lockdown experience, augura, será el recorte de libertades y el auto-recorte, cuestión que sugiere, ya estábamos trabajando a partir de las redes sociales. Menciona también una mayor conciencia de la realidad y de nuestro papel en ella: por esa razón, cree, actualmente una persona de 20 años tiene mayores posibilidades de entender el mundo que alguien de esa misma edad, a finales de los noventa.  No hay espacio únicamente para la posibilidad, sino que casi se trata de una obligación, porque el mundo hoy es mucho más complicado.

Aquí, de nuevo la cuestión temporal se vuelve protagonista, ya no para generar lazos anacrónicos con una cadencia embriagadora, como en su libro, sino para comparar las décadas, incluso los cambios de siglo y apostar por el panorama del futuro próximo en cuanto a la creatividad.

“El tiempo actual, años veinte y diez (del siglo XXI) son muy parecidos a los años sesenta (del siglo XX). Hoy también hay una nueva versión de todos esos sesenta y mira la enorme revolución que ha generado el feminismo, la mirada sobre lo otro, sobre el otro, la aceptación de lo trans, y utilizo ese prefijo como trans… Muchas cosas. Todo ha dejado en el pleistoceno la década anterior. Ha cambiado muchísimo.”

Pienso que ese testimonio se refleja también en la cultura material. Las máquinas son diferentes entre una década y otra. Reflexionando acerca de las décadas que Galindo toma como “espejo”, le digo que también es posible pensar en un paradigma de la pospandemia como tuvimos uno de la posguerra.

Así, Bruno apuesta a lo que viene, como un primer momento muy muy malo y un segundo momento muy bueno, en el que podríamos vivir en el medio plazo una suerte de “renacimiento a la manera florentina”. En este, definitivamente vislumbra una mejor convivencia de unos y otros.

Cuestiono, sin embargo, que el renacimiento florentino se da promovido por los mecenas burgueses, quienes financiaron todo el movimiento en las artes que hasta hoy conocemos como las “bellas artes”.

Como si se tratara de una jornada de lluvia de ideas para obra creativa, Galindo reacciona de inmediato, acotando realidades espacio-temporales que bien adaptan ese renacimiento florentino a nuestras realidades presentes. Ante ello, figura la manera en que la burguesía hoy por hoy es una aspiración. “Si preguntáramos cómo queremos vivir hoy, todos queremos ser burgueses”. Galindo también llama la atención acerca de las actuales posibilidades de financiamiento por multitud (conocido también como crowdfunding)

—Veremos si los grandes mecenas se meten en ese asunto. Seguro que lo harán porque desde los Medici hay gente que tiene mucho dinero y lo pone por motivos filantrópicos o motivos de otra índole. O porque desgravó impuestos o porque en algo lo tengo que gastar. Pero mientras tanto, por un rato, seremos mecenas los unos de los otros. —Y luego añade—: Sucede que hoy por hoy somos mecenas los unos de los otros. Si tú haces una cosa que yo creo que merece ser apoyada, seré tu micro-mecenas.

—¿ Pero qué tipo de historias serán estas que se financien por la multitud? ¿Cómo estamos redefiniendo el contar historias?

—Actualmente yo creo que se están financiando historias en las que los valores sean claramente reconocibles. Medioambiental, feminista o lo que sea: que esté muy claro el bien y el mal. Eso me aturde un poco. Creo que todo lo bueno que es que la sociedad se “civilice”… Yo prefiero un arte más bruto, menos honesto. El arte lo prefiero deshonesto, contestón. Y lo que veo es que buena parte del arte que se hace actualmente. Hay un imperativo autoimpuesto por artistas, sobre todo más jóvenes, de expresar la idea correcta. Y si nos vamos la idea correcta, no tenemos los retablos del Bosco, ni los diarios junkies de William Burroughs, o las brujas de Goya o el trash metal.”

—Entonces, ¿Nunca las periferias de la creatividad tendrán la oportunidad de estar en un cierto “centro” de circulación?

—Tendrán que ser periferias. Tiene que entrar en el caprichoso cronograma de las modas culturales. Nirvana podría no haber ocurrido nunca pero faltaba algo, y alguien dijo esto y esto no quiere decir que no fuera bueno, pero de repente se dieron las circunstancias para que esa cultura periférica a la que se llamó Grunge se volviera planetaria. No es verdad que no salgan de la periferia, pero nunca sabremos quién no tuvo la oportunidad de ello.

Narrar como recordamos

Existe un dejo de anacronismo como técnica de escritura privilegiada en las dos últimas obras de Bruno: Toma de tierra está escrito en clave de un eterno presente, sobre el que se deslizan algunas pocas pistas como marcas de identificación de un terreno, y que dan cuenta de hechos que sacudieron al mundo en su momento como como el 9/11.

Aunque Galindo pareciera prescindir a propósito de pasado y futuro, no deja de mencionar pasajes que marcan hechos autobiográficos que permiten comprender en su totalidad el encuadre de su escritura. Quizá los de mayor relevancia son aquellos que narran la migración de su núcleo familiar desde Buenos Aires hacia Madrid en su niñez temprana, y la caída de las Torres Gemelas en Nueva York, de cuyo hecho, según el libro, se entera por una llamada telefónica de su padre.

Hablamos de la atemporalidad y el anacronismo como técnicas de escritura y una cierta imposibilidad de escribir sobre un presente convulso y en constante redefinición:

“Es muy lógico. Escribir hoy sobre el hoy es harto complicado. Es como una operación en medio de un terremoto. Estás escribiendo y esto vale para una ficción contemporánea o para un ensayo”, dice Bruno.

Su libro Toma de tierra, más allá de un anecdotario anacrónico, se torna por momentos en la mejor excusa para relatar los cambios que reestructuraron a profundidad la industria musical entre la última década del siglo XX y lo que va del XXI, esto concluido por mi lectura y conciencia de los pocos hechos rastreables que el autor cita como posible marca temporal un tanto “clandestina” dentro de su composición que, por momentos, pareciera trascender de manera lineal; aunque también en ocasiones el tiempo se dobla como vara flexible, para ir hacia delante y hacia atrás en los sucesos colmados por espectáculos musicales, giras con artistas y entrevistas concedidas.

Galindo considera un “truco de escritor” escribir en un presente histórico. Una serie de recordatorios que inducen al lector para ubicarlo en un cierto momento.

Remake, comienza con un capítulo, luego aparece el copyright y al final se repite otro capítulo. Dice que aprendió esto del cine y que también persigue una forma más natural de cómo pensamos los recuerdos. “Cuando recordamos, si haces un recuento de tu vida, algo que hacemos fragmentariamente todo el tiempo, no comienzas por la niñez y acabas hoy. Te van apareciendo todo tipo de recuerdos en cualquier momento. Me parecía más interesante hacer un trabajo autobiográfico encontrando un orden dentro de ese salpicón de datos que tiene su narrativa y tiene su orden; pero es un orden que está pensado desde ese desorden, valga la manera de decirlo. Creo que recordamos así, recordamos salteado”.

Por mucho tiempo las letras nos obligaron a narrativas que pretendían comenzar por el principio y que difícilmente permitieron anacronismos. Sin embargo, acota Galindo, las líneas de los que denominamos vida, o lo que Facebook llama “Biografía” no siempre suscita el mismo interés, cuestión que se refleja —según él— con mucha claridad en la vida de los artistas, donde existen lapsos en los que no ocurre mucho.

“Si escribes una autobiografía linealmente, obligas a quien te lee a estar bostezando a lo mejor ochenta páginas u ocho o las que sean. Una manera de sortear ese problema es dividir la línea temporal en tres bloques que se van viendo simultáneamente. En el cine estamos acostumbrados a verlo así: cuántas películas hemos visto en que estamos viendo al personaje de niño, de joven y de viejo. Sin embargo, en los trabajos literarios tal vez se espera una cosa un poco más tradicional. Pero, ¿por qué?”

¿Puede haber un cambio paradigmático interesante en la forma de contar historias? Pareciera que nos encontramos ante un panorama de literatura cuántica, le comento.

La respuesta de Galindo cita a la misma industria cultural: dice que aprendimos desde Matrix a jugar con los tiempos y los saltos en el espacio, entendemos esas narrativas y de alguna manera son ya convencionales. En esa medida “mucha de la literatura contemporánea es cuántica porque nuestra vida lo es.”

Y continúa: “Hoy damos por hecho que todo está mezclado con todo. Las posibilidades son más infinitas que antes, creo yo. El asunto es que todo esto nos saque de la monovisión de la vida que tenemos un poco reducida por la tecnología, porque la tecnología nos achata la visión y es como si de todo el firmamento enorme estuviéramos viendo este pedacito”.

Así, en Toma de tierra se puede pasar de la crítica más implacable a la industria musical como dispositivo autodestructivo dentro de la industria creativa, a la enorme sensibilidad para narrar historias como alguna, la más significativa para mí, de una artista que, dentro de su estado de melancolía permanente, en palabras de Bruno “está al borde de ser trending topic todo el tiempo por algo que hizo”.

De esta manera nos deja una lección: “La información para liberarnos culturalmente como personas está, y está en todas partes. Sólo hace falta tener las ganas de morderlo.”

Justo durante una edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Bruno enmarca su primera experiencia en México, donde comparte  escenario con Nacho Vegas para ofrecer el recital “Cosas que no quisieras escuchar”. Para la FIL 2021, Bruno y yo compartimos la presentación de una revista. En compañía de Laura García Luna, ambos pudimos afianzar comentarios que hicimos con anterioridad en el marco de la conversación que detonaría este texto. Desde entonces se trata de una travesía,  donde encontré a alguien que puede quedarse absorto con la imagen de un colibrí que aletea muy cerca de la ventana por la que miramos.

Nuestra conversación me lleva a pensar que se puede venir del futuro, que las letras nos permiten la convivencia de múltiples presentes, que ningún archivo es eterno y que es posible prescindir del tiempo. Al menos de la manera en la que permanecemos sujetos a él.

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